Doxa – Episteme: la oposición entre opinión y verdad en Platón y Aristóteles

El hombre encadenado en una cueva, mirando sólo las sombras de la realidad que se mueve a través de un velo: “ésta es precisamente la imagen de la condición humana”[1]. Platón ha declarado con su “Mito de la Caverna” la miopía que no le permite al hombre ver la realidad más allá de su nariz; ha mostrado que el hombre no conoce la belleza, sólo puede ver las cosas bellas, “pero su alma es incapaz de elevarse hasta la esencia de la belleza misma, reconocerla y unirse a ella”[2].

Por esto, ha decidido que no todos los hombres tienen las mismas facultades para aproximarse al conocimiento y que, por consiguiente, no todos llegan al mismo punto final. Divide, entonces, las facultades del conocimiento humano en tres grupos, dependiendo de cuál es el objeto al que dirigen su mirada: la ignorancia, que tiene como objeto la nada, el no-ser, la ausencia de facultad; la ciencia (episteme), que se dirige hacia la verdad, el ser; y la opinión (doxa), que ronda en un punto medio entre el ser y el no-ser, es decir, en la apariencia.

Lo que pretende Platón es marcar el inmenso abismo que hay entre la opinión y la ciencia. En ambos textos (Libros V y VII de La Repúblilca) da ejemplos de este abismo: “¿Qué es soñar? ¿No es, sea que se duerma, sea que se esté despierto, tomar la imagen de una cosa por la cosa misma?”[3]. Este es el ejemplo que da en el libro V, argumentando que quien estudia por medio de la ciencia ve la realidad; está con los ojos abiertos frente a la esencia del mundo, mientras que quien simplemente se basa en la opinión no logra llegar más allá de ese escenario onírico que se hace pasar por verdadero pero que no es más que una imagen ficticia de la realidad. Este hombre que sueña puede opinar sobre los objetos de su sueño, puede hablar de lo que aparentaba ser la realidad en su sueño, pero nunca podrá afirmar que el objeto de su sueño es verdad porque la realidad es única e irrefutable; las cosas bellas son muchas pero la belleza es una sola y, por más de que se asemeje el sueño a la vigilia, este nunca será real; por más bella que sea una cosa, no logrará nunca ser la belleza pura.

Esto lleva directamente a lo tratado en el “Mito de la Caverna” del libro VII de La República: el hombre encadenado, al igual que quien sueña, ve las sombras de la realidad y, al no haber visto nunca nada más, “no creería que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras”[4]. Y gracias a las fluctuantes e intermitentes apariencias que produce el fuego en la caverna, el hombre miope estará resignado a ver un mundo tergiversado, un mundo que no le permitirá encontrar la verdad, la idea del bien. Pero “No se trata de darle la facultad de ver, porque ya la tiene; sino que lo que sucede es que su órgano está mal dirigido y no mira adonde debía mirar, y esto es precisamente lo que debe corregirse”[5].

Platón busca a un hombre, o a una clase de hombres a quienes pueda designarles el nombre de “filósofos”, hombres que se tomen el trabajo de arreglarle la vista a la sociedad, de apagarle el fuego subjetivo y mostrarle el sol de la realidad. Pero estos filósofos no pueden estar encadenados en el mundo de sombras; estos filósofos no pueden estar encandilados por las apariencias; “será preciso dar el nombre de filósofos sólo a los que se consagran a la contemplación de la esencia de las cosas”[6]. Sólo a aquellos que, por fijar sus ojos en la ciencia y no en la opinión, han logrado desatarse de las cadenas e ir en busca de la luz fuera de la caverna.

*

Aunque, superficialmente, parezca que los grados de conocimiento definidos por Aristóteles difieran radicalmente de la, anteriormente expuesta, división de las facultades del conocimiento humano de Platón (ignorancia, opinión y ciencia), se puede encontrar que, en el fondo, son dos formas distintas de exponer una teoría muy similar.

Aristóteles divide el conocimiento en tres grados: el primero, y más básico, es el conocimiento con sentidos, “Los animales reciben de la naturaleza la facultad de conocer por los sentidos”[7], es decir, viven reducidos (no todos) a las impresiones sensibles sin poder trascender de ahí porque, al no tener memoria, no tienen la capacidad de aprender; el segundo escalón es el conocimiento con experiencia, “la experiencia proviene de la memoria”[8], y esta, añadiéndole el sentido del oído (desarrollado en el hombre y en algunos animales) es la que le permite al hombre aprender de lo que ya ha vivido, convirtiendo el recuerdo en experiencia. Pero siegue siendo un punto intermedio porque, “Los hombres de experiencia saben bien que tal cosa existe, pero no saben por qué existe”[9]; es un grado de conocimiento puramente práctico, sólo aplicable al caso individual de aquél a quien le acaece. Cosa que lo relacionaría con la facultad de “la opinión” de Platón, la cual, al igual que la facultad de “experiencia” de Aristóteles, media entre el verdadero conocimiento y la nada, ciñéndose al subjetivismo de cada individuo y su situación, sin posibilidad de ser considerado como verdad absoluta, ya que no es aplicable a todo hombre o contexto.

El último de los grados de conocimiento según Aristóteles es el conocimiento con arte y ciencia, “el arte comienza, cuando de un gran número de nociones suministradas por la experiencia, se forma una sola concepción general que se aplica a todos los casos semejantes”[10]. Lo sucedido con la experiencia se expande: ya no es la reunión de recuerdos que producen una experiencia personal, sino una congregación de experiencias que producen un conocimiento general aplicable a todos los casos. El hombre, con la ciencia, ha traspasado la barrera de lo subjetivo, ha salido de la caverna de Platón, y se ha encontrado con la verdad. A esta ciencia Aristóteles le llama Filosofía, “el estudio de las primeras causas y de los principios”[11], al igual que Platón le llamó filósofos a aquellos encargados de buscar la esencia del universo.

En conclusión, aunque en el método Platón y Aristóteles no llegan a un acuerdo, ya que Platón ve la verdad como una idea del bien, intangible e inmaterial, y Aristóteles la ve como un logro absolutamente empírico, ambos concuerdan en un punto fundamental: su objetivismo. La verdad es una sola, y sólo hay una manera de llegar a ella: por medio de la ciencia, es decir, por medio de la Filosofía.


[1] Platón, La República o el Estado, Espasa-Calpe, Buenos Aires 1949, VII, p.247.

[2] Ibid., V, p.205.

[3] Ibid., V, p.208.

[4] Ibid. p. 245.

[5] Ibid. p. 248.

[6] Ibid. p. 212.

[7] Aristóteles, Metafísica, Espasa Calpe, Madrid 2003, p. 36.

[8] Ivi.

[9] Ibid., p.37.

[10] Ibid., p.36.

[11] Ibid., p.38.

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