Borges y la identidad argentina

Las “reescrituras” del Matín Fierro de José Hernández  hechas por Jorge Luis Borges en relatos como “El fin” (Ficciones, 1944), “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz” (El Aleph, 1949), o “Historia del guerrero y la cautiva” (El Aleph, 1949), son sólo una pequeña muestra de la gran preocupación que aquejaba al escritor porteño por encontrarle una verdadera definición a la trastornada identidad nacional de los argentinos. Luego de pasar gran parte de su juventud en Europa, Borges vuelve en 1921 a Buenos Aires para encontrarse con ese mundo propio que antes había estado tan lejos de él. Vuelve con la meta de introducirle el mundo vanguardista europeo a su país; vuelve con el ideal de “argentinizar” a la vanguardia europea.

En los primero años, luego de su regreso a Argentina, Borges se dedica a cultivar una poesía extremadamente criolla mostrando un anticosmopolitismo absoluto, y redacta, además, varios ensayos en los que resalta la importancia del “lenguaje argentino”. Ve el lenguaje criollo como parte importante de la identidad de su pueblo, como una manera de mostrarse únicos e independientes de la carcomida y vieja madre patria, España.

Claro que es cierto que el lenguaje criollo y la sociedad gaucha que tanto defendía y alababa Borges, no eran una realidad en Argentina; el gaucho y su cultura, en la década de 1920 y 1930, ya no eran más que un pasado indiferente al país; nadie hablaba “criollamente” por las calles; nadie había vuelto a andar a caballo de pulpería en pulpería. Pero Borges no deseaba retratar lo que sucedía en su país; no deseaba mostrar lo que verdaderamente había sucedido en la historia de su patria, al contrario, quería luchar contra el pasado llano que tenía tras él; idealizarlo y mitificarlo en un mundo y una mitología dignas de ser relatadas. Dice Jorge Schwartz en su compilación de las vanguardias latinoamericanas: “La mitología gaucha es una reflexión hecha por una generación de intelectuales urbanos que buscaron en el pasado la restauración de símbolos que pudieran consolidar y dar sentido a la identidad rioplatense”[1]. No hubo una búsqueda de realidades sino, más bien, una búsqueda de engradecimiento de ese pasado que, según él, no tenía raíz ni identidad de donde poder agarrarse.

Borges comienza su etapa de “criollismo” dándole la máxima importancia al lenguaje. Para él, la marca del lenguaje propio y únicamente argentino eran la base para poder crearse una identidad. Ensayos como “El tamaño de mi esperanza” (1926) y “El idioma de los argentinos” (1927) son muestras de la gran preocupación de Borges por dejar claro el idioma de su país. Y sus ponencias no eran sólo teoría del lenguaje gauchesco, sino que además el lenguaje usado para escribirlas era el mismo que estaba alabando: un lenguaje oral, donde le quitaba la importancia a las leyes gramaticales, para dársela a la identidad propia del pueblo en pos del cual estaba hablando.

En el caso de los relatos susodichos, la posición de Borges frente al criollismo es mucho más realista. En los años en que escribe Ficciones y El Aleph, ya ha dejado atrás su actitud juvenil y belicosa, para formarse una voz propia, madura y estructurada. Deja atrás el lenguaje criollo exagerado, deja a un lado esos extremismos usados en el pasado, porque su lucha ya no era lingüística; ya no buscaba resaltar la importancia del lenguaje autóctono; ahora su trabajo era únicamente literario.

En el caso de “El fin” (1944), Borges añade un final concreto al poema “inconcluso” de José Hernandez. Siente que la historia y el protagonista del poema no pueden quedar en suspenso; siente que falta un final para poder cerrar el círculo. Por esta razón relata “el fin” que se merece una persona que ha asesinado toda la vida: no un final feliz en el que puede vivir una vejez pasiva en una casa cómoda con abundante comida; sino, más bien, un final como el que diría el salsero Rubén Blades: “El que a hierro mata, a hierro termina.” Martín Fierro, según Borges, debe tener una muerte verosímil a la vida que llevó: si su vida ha sido una compilación de muerte tras muerte a cuchillo, pues su final debe ser la muerte bajo el acero del enemigo. Y así acaba Borges con su propio Martín Fierro; así rompe Borges el suspenso que dejó José Hernandez al final del poema: “Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano”[2], el gaucho está destinado a un último duelo, en el cual morirá bajo el hambre de venganza del cuchillo de un hombre negro. Para Borges no hay otra solución lógica en respuesta a ese suspenso; no cabe un final distinto a éste que él expone; Martín Fierro debe morir humillado, en medio del llano, donde nadie lo encuentre, nadie lo llore, y nadie se entere.

La “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz” (1949) es también una añadidura al Martín Fierro de José Hernandez. Pero este ya no es un final para la historia, sino el comienzo del relato desde los ojos de otro personaje. Acá Martín Fierro queda en un segundo plano, Borges cambia al personaje principal para darle la mayor luz posible al “segundón” de Hernandez: el sargento Cruz. Se despreocupa del pasado de Fierro; deja a un lado al protagonista para poder llenar los huecos de la vida del sargento y otra vez cerrar el círculo de la vida del personaje. Borges cree que la entrada del sargento Cruz al poema de Hernandez está poco argumentada; cree que al lector no le queda claro quién es ese hombre, por qué hizo lo que hizo y, por esta razón, decide mostrarle al lector el pasado de Isidoro Tadeo Cruz. Decide recrear toda esa etapa de su vida anterior al poema; decide mostrar la razón por la cual el sargento bota el kepis y se une al enemigo; intenta dejar claro el papel del destino en la obra: nadie hace y a nadie le sucede nada, sin que la mano del destino cumpla su papel. Al igual que Martín Fierro, que para Borges está destinado a morir en un duelo armado ya que esa ha sido su vida y así debe terminarla, al sargento Cruz le sucede lo mismo: un hombre, libre como un pájaro, quien ha vivido su vida entera en un mundo que no es el propio, debe cumplir con su verdadero destino: dejar todo lo que había construído a un lado para poder cumplir con ese futuro que es suyo y sólo suyo. Unirse a la búsqueda de libertad de Fierro, dejar el uniforme militar e ir a encontrarse con el mundo que le había sido prometido desde antes de nacer: un mundo libre, en el cual no tiene que vivir bajo la opresión del Estado; el mundo del gaucho, en el cual está destinado a vivir, sufrir, y morir.

“La historia del guerrero y la cautiva” (1949), no hace alusión directa a Martín Fierro. No es como en el caso de “El fin” o “Biografía de Isidoro Tadeo Cruz” en los cuales sí nombra a Martín Fierro y relata sucesos que sí sucedieron en el poema de Hernandez: acá alude indirectamente a dos personajes del Martín Fierro pero sin nombrarlos nunca. El caso del guerrero Droctulft, es el mismo que el del sargento Cruz de Hernandez, pero traducido a otra cultura y a otra época de la historia universal. Aunque los detalles superficiales del personaje no se relacionan en nada con el caso del sargento Cruz, si se compara el destino de ambos, uno puede darse cuenta de que son exactamente lo mismo: dos personas inconformes con la situación que están viviendo y que al encontrar la posibilidad de escapar de ese mundo que no les es propio, y al encontrarse con el camino que los llevará a su verdadero destino dejan todo lo que habían construído dentro de la sociedad para colocarse al márgen de la misma. El guerrero lombardo deja a sus tropas para unirse al pueblo de Ravena, donde encuentra todo aquello que inconcientemente siempre había soñado. Deja atrás lo construido anteriormente en su mundo bárbaro para unirse a su verdadero destino como parte de la civilización. Aunque el caso de Cruz es en realidad el contrario de lo que le sucedió a Droctulft (Cruz deja la civilización para unirse a la barbarie, mientras que el guerrero deja la barbarie para unirse a la civilización), la tesis de la obligación del hombre de cumplir con su destino se mantiene. Esta es una idea constante en los textos de Borges: el hombre no es libre de escoger quién es, ni quién será; el hombre está atado a esa vida que ya está escrita.

Borges en su recreación del “mito” del gaucho pone en tela de juicio todo lo que había sido escrito y dicho antes que él. Al no estar de acuerdo con la percepción que tienen del gaucho sus coetáneos, y en especial de Martín Fierro, decide entonces montar su propia mitología; su propia versión de la historia; una historia que no esté cerrada al círculo argentino, sino que le abra las puertas de Argentina y de su pasado al mundo entero. A eso dedica gran parte de su obra madura: a acercar la literatura argentina al cosmopolitismo, pero nunca dejando atrás los importantes valores de la patria; creando un cosmopolitismo que deje clara la identidad nacional de los argentinos.

 

Febrero 2007.


[1] SCHWARTZ, Jorge, “Las Vanguardias Latinoamericanas”, FCE, México D.F., 2002, p. 650.

[2] BORGES, Jorge Luis, “El fin”, recogido en “Ficciones”, Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1984, p. 157.

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