El Conocimiento de Dios (Análisis de la “Epístola a los Romanos” de San Pablo)

 

En la “Epístola a los Romanos”, San Pablo busca iluminar, entre varios temas, el camino que Dios le ha entregado al hombre para que este pueda llegar a conocerlo y, luego, para poder ser bendecido. Según San Pablo, conocer a Dios no es suficiente para llegar al bien; para ser verdaderamente bueno se debe tener fe ciega en él porque el verdadero conocimiento de Dios no entra por los sentidos, sino por el corazón.

San Pablo explica que Dios se deja conocer por medio de sus obras, que se muestra a aquel quien sepa ver más allá de sus ojos, “lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras”[1] (Rm. 1 20). Pero sus obras no son necesariamente actos físicos; las “obras” de Dios, de las cuales habla San Pablo en esta cita, son hechos tácitos que sólo pueden ser vistos por los ojos del creyente, es decir, Dios es divino y omnipotente, y esta misma divinidad y omnipotencia son sus “obras” y el retrato de su existencia.

Esta etapa del conocimiento de Dios, está haciendo alusión a las épocas anteriores al nacimiento de Jesús. En el Antiguo Testamento, el hombre, a pesar de conocer la condición divina y omnipotente de Dios[2], lo rebajó al campo mundano y, alabando y adorando a figuras humanas y animales[3], le usurpó su condición divina. Por esta razón desató su cólera sobre los hombres, haciéndolos seres absolutamente carnales. Los castigó como muestra física y ejemplo futuro del mal que estaban haciendo: “lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó” (Rm. 1 19). Es decir, él los castigó haciéndolos carnales para que fuesen una prueba viviente del mal producido por la carne y para que los futuros hombres conocieran las consecuencias de sus actos y siguiesen al espíritu y no a la carne, “Por eso los entregó Dios a pasiones infames” (Rm. 1 26), porque debían reconocer a Dios como un ente divino y todopoderoso, pero no lo hicieron.

Pero, para San Pablo, Dios no sólo juzga y castiga a quienes no lo siguen (los gentiles), sino que juzga también, de esta manera, a todos aquellos quienes conocen la ley divina pero no la siguen, “Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero[4] conocimiento de Dios, entrególos Dios a su muerte insensata” (Rm. 1 28). No está juzgando sólo a los gentiles, sino a los judíos que conocen la Ley con la cabeza, pero que no la conocen con el corazón. Porque para nada sirve conocer a Dios, si no se tiene fe en él: “El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra” (Rm. 2 29). Seguir las leyes divinas como el rebaño sigue al pastor no llevará al verdadero conocimiento de Dios: el hombre debe seguir a Dios ciegamente y no actuando como si lo siguiese pero sin creer en él, como diría Kierkegaard: “amar a Dios sin tener fe es reflejarse en sí mismo, pero amar a Dios con fe es reflejarse en Dios”[5].

Debido a la cólera de Dios, la vida y la naturaleza del hombre gira alrededor de la carne y esta, por naturaleza, sigue a la ley del pecado. Entonces, porque la carne es naturalmente pecaminosa, debe llegar Jesús para sacrificarse por todos los hombres, librándolos de la carne: Jesús murió, matando con su cuerpo la carne de todo quien tiene fe, dejando, así, libre al espíritu del mal carnal, el cual sirve sólo a la ley divina, “soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado” (Rm. 7 25). Jesús limpia a los hombres del pecado causado por su naturaleza corporal, permitiendo que el espíritu puro siga a Dios. En esta oposición entre carne y espíritu, se puede ver claramente la fuerte influencia de la teoría del alma desarrollada por Platón en Fedón: para San Pablo, igual que para Platón, el conocimiento verdadero llega al hombre por medio del espíritu y no por la carne o los sentidos, “si queremos saber verdaderamente alguna cosa, es preciso que abandonemos el cuerpo, y que el alma sola examine los objetos que quiere conocer”[6]. En ambos casos se muestra al cuerpo como una cárcel del alma, la cual requiere ser liberada para poder ir hacia la idea del bien. Hay una denigración de lo tangible, de todo aquello que entra por los sentidos; el cuerpo nubla la vista de la verdad porque el corazón es el único que puede ver las cosas claramente: “on ne voit bien qu’avec le coeur. L’essentiel est invisible pour les yeux[7].

Resumiendo, conocer a Dios no es seguir los caprichosos caminos de la carne, sino los caminos puros del espíritu: “Dióles Dios un espíritu de embotamiento: ojos para no ver y oídos para no oír” (Rm. 11 8); el verdadero conocimiento de Dios se basa en la fe, la cual no puede percibirse con los sentidos, sino con el espíritu. La fe es, precisamente, la creencia ciega que no requiere de pruebas tangibles para mantenerse viva; el conocimiento de Dios está en todo aquello inperceptible “Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?” (Rm. 8 24). Kierkegaard lo lleva un paso más lejos: la fe no sólo es aquello inperceptible para los sentidos, sino también para el raciocinio; es la creencia en el absurdo, en lo infinito, es seguir sin titubear a la luz ciega, “la fe comienza precisamente donde acaba la razón”[8]. Entonces, el conocimiento de Dios que entra por los sentidos, que se percibe en lo tangible, no es suficiente para ser bienaventurado, se requiere del conocimiento de Dios por medio de la creencia ciega en él; si no se tiene fe, si no se niegan con el alma todas las pruebas físicas y sensibles que van en su contra, no se conocerá verdaderamente a Dios.

San Pablo expone el caso de Abraham como el ejemplo perfecto del verdadero conocimiento de Dios: Abraham[9], a pesar de que todo iba en su contra, siguió ciegamente el mandato divino, el cual lo mandaba a subir al monte Moria para sacrificar a su único hijo Isaac. Él hizo como Dios le pidió, aún siendo Isaac su único hijo y él siendo demasiado viejo para tener otro. Como consecuencia de su fe y de su esperanza, Dios perdonó a su hijo y lo bendijo. “Abraham fue el más grande de todos: grande por la energía cuya fuerza es debilidad, por el saber cuyo secreto es locura; por la esperanza cuya forma es demencia; por el amor que es odio de sí mismo”[10]. El verdadero conocimiento de Dios, la fe verdaderamente ciega, como lo describe Kierkegaard, es precisamente esa cualidad de ser capaz de ir en contra de toda prueba absolutamente lógica; de negar las posibilidades reales de las cosas; de creer que un ángel va a detener la mano asesina; de inducirse en un autismo absoluto; de cegarse al mundo tangible, a la manzana que cae del árbol, al humano como primo del chimpancé y como bisnieto de algún primate que colgaba de ramas prehistóricas comiendo insectos.

 

Mayo 2010.


[1] Pablo, San. «Epístola a los Romanos.» En Biblia de Jerusalén. Bilbao: Alianza Editorial, 1994. Todas las citas bíblicas son de esta misma edición.

[2] San Pablo da por hecho (como cualquier otro creyente) que Dios existe. No pone en duda, en ningún momento, a Dios, ni tampoco a su divinidad u omnipotencia. Por ende, el hombre peca, aún no conociendo a Dios, simplemente porque Dios existe; no expone ninguna proposición como probablemente falsa en la fórmula. Es un juicio afirmado con una fórmula tautológica: Dios existe, entonces es divino y omnipotente; Dios es divino y omnipotente, entonces existe.

[3] Véase Ex. 32, “El becerro de oro y la renovación de la Alianza”.

[4] La cursiva es mía.

[5] Kierkegaard, Sören. Temor y Temblor. Buenos Aires: Editorial Losada, 2003, p.43.

[6] Platón. «Fedón.» En Diálogos Tomo III. Bogotá: Gráficas Modernas, 2005, p.134.

[7] Saint-Exupéry, Antoine de. Le Petit Prince. París: Editions Gallimard, 1997, p.72. Uno sólo ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos.

[8] Kierkegaard, ibíd., p.63.

[9] Sacrificio de Abraham, Gn. 22 1 – 19.

[10] Kierkegaard, ibíd., p.21.

 

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