Análisis de la naturaleza en “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

 

Contextualización – El autor y la novela

Joseph Conrad[1] (1857-1924), aunque de origen polaco, nació en una región de Ucrania que estaba bajo control ruso (desde finales del siglo XVIII el estado independiente de Polonia había desaparecido y sus tierras fueron repartidas entre Austria, Prusia y Rusia). Su familia pertenecía a la nobleza polaca culta cuyas tierras les habían sido confiscadas a modo de castigo por oponerse a la ocupación rusa. A los once años, y tras una infancia en el exilio, fallecieron sus padres en poco tiempo de diferencia y se fue a vivir con su tío materno.

La vida de Conrad estuvo caracterizada por dos pasiones: la navegación y la literatura. Ambas se gestaron durante su infancia: a la edad de cinco años empezó a leer (alentado por su padre, traductor y escritor) y a los nueve ya tenía el deseo y la convicción de que viajaría a África: “while looking at a map of Africa of the time and putting my finger on the blank space then representing the unsolved mystery of that continent, I said to myself… ‘When I grow up I shall go there’[2]. No es de extrañar, pues, que gran parte de sus obras se basaran en sus vivencias; es el caso de Almayer’s Folly (La locura de Almayer, 1895), Lord Jim (1900), Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas, 1902) o Nostromo (1904). Estas experiencias las vivió a lo largo de veinte años (a partir  de los diecisiete) como marinero o capitán viajando por el Caribe, el lejano Oriente o Australia. Según Ian Watt[3], la vida a bordo le ayudó a no sentirse desarraigado puesto que la comunidad le consideraba un miembro importante, sobre todo después de ascender a oficial. Se puede equiparar la comunidad marinera con una pequeña sociedad internacional a la cual sólo le interesa el presente y la supervivencia; el pasado, el futuro y el dinero de Conrad le eran irrelevantes.

A los 33 años Joseph Conrad se embarcó para el Congo, donde pasó sólo seis meses porque rompió el contrato con la compañía. Partió el 10 de mayo de 1890 y llegó a Boma, la capital congoleña, el 12 de junio. Navegó hasta Matadi y luego tuvo que soportar una caminata de 400 kilómetros hasta llegar a Kinshasa, donde el río vuelve a ser navegable. El clima extremo, los sufrimientos físicos (padeció de disentería y malaria) y la desilusión que se llevó al constatar que el Congo no era lo que se había imaginado mermarían su salud y su ánimo, no sólo durante este viaje, sino para el resto de su vida. Su humor se tornó irritable y depresivo hasta tener que visitar un balneario. Como testigo de este viaje se conservan dos pequeños diarios[4] (sin valor literario) más la correspondencia.

Pero quizás el testigo más valioso que tenemos de la aventura es El corazón de las tinieblas, del cual el propio Conrad dijo: “Heart of Darkness is experience… pushed a little (and only very little) beyond the actual facts of the case[5]. El estilo narrativo va más allá de la mera descripción; la presencia del narrador dramatizado en primera persona le da peso a la voz subjetiva. Marlow, el protagonista y alter ego de Conrad, es contratado por una compañía que comercia con marfil para llegar hasta Kurtz[6], un agente idolatrado que ha caído enfermo. El impacto de El corazón de las tinieblas fue —y aún es— tan grande que se ha adaptado cinematográficamente varias veces, siendo Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) la versión más notable. Aunque esta mantiene la esencia del libro, está ambientada en la guerra de Vietnam y no en el Congo durante la época colonial.

Contextualización – El Congo en manos de Leopoldo II

Tras la conferencia de 1884 organizada por Bismarck en Berlín, el rey belga Leopoldo II obtuvo el territorio llamado Estado Libre del Congo. Dicha conferencia se convocó con el objetivo de que las grandes potencias con intereses en África llegaran a un acuerdo pacífico. El monarca belga estructuró un gobierno que encubría su régimen absolutista (cualquier decisión legislativa tenía que ser corroborada por él) y estableció el pago de un tributo por parte de los congoleños. Este tributo se pagaba con dinero —del que muchos carecían— o con una contraprestación laboral; es decir, con la esclavitud. La extensión de este territorio, por el cual los ingleses no manifestaron interés, era ochenta veces mayor que la de Bélgica; o, si se prefiere, equiparable a la mitad de Europa occidental. Su principal río —el Congo— es el río africano más largo después del Nilo. Además de su alta navegabilidad, representaba una vía de acceso directo al centro del continente. Leopoldo II conservó su dominio personal durante 23 años (1885-1908).

En un principio el producto primordial del cual se sacaba provecho era el marfil, obtenido en grandes cantidades cazando elefantes en masa. A partir de 1887, tras estallar la “fiebre del caucho” impulsada por la invención del neumático por parte de John Dunlop, la demanda de este producto se multiplicó[7]. Para elaborar el caucho es necesario extraer el látex de determinados vegetales mediante un “sangrado”. A causa de estas prácticas cazadoras y recolectoras, la colonización congoleña supuso un cambio en el paisaje y en la obtención de recursos, desplazando así a la agricultura que practicaban los nativos.

No obstante, el cambio más brutal —en todos los aspectos— fue el social; el humano. A diferencia de su país natal, donde imperaba una monarquía constitucional, en el Congo, Leopoldo II era rey absoluto. Él administraba el territorio y sus mercancías libremente para obtener el máximo de riquezas[8], pero no sólo gozaba de libertad en cuestiones económicas; es ya muy conocida su brutalidad frente a los nativos, quienes eran tratados como esclavos. Maltratos psicológicos y físicos, amputaciones por no rendir lo suficiente, arrasamientos de poblados y asesinatos masivos… Por todos estos crímenes (se calcula que la población disminuyó a la mitad) se le puede equiparar a personajes de la talla de Stalin o Hitler[9]. Las sublevaciones eran reprimidas por el ejército privado, la Force Publique, cuya mayoría de reclutas lo era de manera forzada. A pesar de tal horrible violencia (que tarda generaciones en sanar), quizá el daño más profundo fue la destrucción de sus instituciones, sus sistemas de relación, usos y tradiciones y su dignidad más elemental[10].

Esta situación de esclavitud y extrema violencia fue ignorada o silenciada hasta que se alzaron voces como las del político estadounidense George Washington Williams, los misioneros protestantes, el belga Edmund Dene Morel, el cónsul británico Roger Casement[11], escritores como Mark Twain, Arhurt Conan Doyle o incluso el mismo Joseph Conrad. A pesar de la presión, el rey Leopoldo II negaba todas las acusaciones y utilizaba todas sus artimañas (por ejemplo, sobornar algunos periódicos) como medio de defensa. En palabras de Vargas Llosa, “Leopoldo II fue una indecencia humana, pero culta, inteligente y creativa”[12]. Aun así no pudo evitar la cesión del Congo a la administración belga (15 de noviembre de 1908), aunque no sin antes negociar una serie de condiciones.

Retrato de la selva

Tal y como ya se ha mencionado, en El corazón de las tinieblas el paisaje es uno de los ingredientes clave, y tiene más peso que muchos de los personajes. Desde los ríos Támesis y Congo (representando respectivamente, como más adelante se verá, la sociedad occidental civilizada y la africana bárbara), hasta la selva o las ciudades: todos los elementos geográficos influyen, no sólo a Marlow, sino también a Kurtz y al resto de personajes. Por tanto, para entender qué importancia tiene el entorno en la novela, primero se debe estudiar cómo lo presenta Conrad. En otras palabras, este apartado funcionará como un anexo fotográfico, pero que, en vez de exponer imágenes —puesto que el material utilizado es literario—, reconstruirá los paisajes que Marlow visita a lo largo de la novela.

El primer paisaje que Conrad presenta en El corazón de las tinieblas es el estuario donde se encuentra la Nellie durante el atardecer —que se convertirá en noche mientras Marlow narra el adentramiento en las tinieblas—. Se trata del ambiente idóneo para contar una historia como la de Marlow. De hecho, es esta su función principal: ambientar al lector, propiciar la atmósfera melancólica adecuada, a partir de la cual se sumergirá en el relato. El entorno se presenta desdibujado: “The day was ending in a serenity of still and exquisite brilliance[13], es bañado por una neblina oscura, y “the very mist on the Essex marshes was like a gauzy and radiant fabric”[14].

Entonces, cuando cae la noche, se nos presenta el río Támesis: “The old river in its broad reach rested unruffled at the decline of day, after ages of good service done to the race that peopled its banks”[15]. Todo lo que se dice del río es extrapolable a la sociedad occidental: es una “venerable stream” de una “tranquil dignity” a través de la cual han flotado “The dreams of men, the seed of commonwealths, the germs of empires[16]. En cambio, el río Congo —que representa el África— lo describirá más adelante Marlow como “an inmense snake uncoiled, with its head in the sea, its body at rest curving afar over a vast country, and its tail lost in the depths of the land[17]. El evidente contraste entre estas dos descripciones (junto a otros motivos, como la descripción de los indígenas) suscitó las acusaciones de racismo del escritor nigeriano Chinua Achebe. Sin embargo, la animalización del río africano parece coincidir no sólo con la animalización de los indígenas, sino también con la de su medio ambiente, la selva[18]. Conrad nos presenta un lugar salvaje, un lugar que oculta lo desconocido, “a thing monstrous and free[19] que en el mundo occidental está como “the shackled form of a conquered monster[20]. Su intención no es —como pronto veremos— ni ser racista ni menospreciar el mundo africano, sino describir un lugar que esconda la esencia verdadera, lo oculto, tema esencial de la literatura y la filosofía de finales del siglo XIX.

Si continuamos el hilo cronológico del relato, Marlow imagina cómo debieron sentirse los primeros romanos que llegaron a las islas británicas. Sin duda, la evocación está influenciada por lo que él encontró en el Congo, lugar para el mundo occidental tan desconocido como lo fue Gran Bretaña para los antiguos romanos. Dice, hablando de ellos al llegar a la isla:

“think of a decent Young citizen in a toga […]  land in a swamp, march through the woods, and in some inland post feel the savagery, the utter savagery, had closed round him, -all that mysterious life of the wilderness that stirs in the forest, in the jungles, in the hearts of wild men”.[21]

La comparación con los colonos occidentales es inevitable (“joven y honrado ciudadano”). Alrededor del río Támesis y con la llegada de los romanos, germina la civilización que llega hasta los días de Conrad:

“Light came out of this river since […] but it is like a running blaze on a plain, like a flash of lightning in the clouds. We live in the flicker –may it last as long as the old earth keeps rolling! But darkness was here yesterday”[22].

Está clara, entonces, la correlación entre luz —o civilización— y mundo occidental —o romano—. El mundo africano que describe es, si cabe, aún más oscuro que el que encontraron los romanos. Véanse unos cuantos ejemplos respetando el orden del viaje. Durante el trayecto en barco, se va encontrando con un panorama desolador: “the village was deserted, the huts gaped black, rotting, all askew within the fallen enclosures[23]. La costa —tras la que se oculta la selva— era como un enigma, “smiling, frowning, inviting, grand, mean, insipid, or savage, and always mute with an air of whispering […] The edge of a colossal jungle, so dark-green as to be almost black[24].

Marlow avanza y empieza a adentrarse en la jungla: “it seemed to me I had stepped into the gloomy circle of some Inferno[25]. Se trata de un lugar tenebroso, “the grove of death[26], donde la naturaleza es desproporcionada y devora lo humano:

“Paths, paths, everywhere; a stamped-in network of paths spreading over the empty land, through long grass, through burnt grass, through thickets, down and up cilly ravines, up and down stony hills ablaze with heat; and a solitude, a solitude, nobody, not a hut”[27]

La selva es un lugar “great and invincible, […] waiting paitently for the passing away of this fantastic invasion[28]. Con el transcurso del relato, el poder y la influencia del paisaje congoleño se hacen más evidentes: “the silence of the land went home to one’s heart – its mystery, its greatness, the amazing reality of its concealed life[29]. Las últimas descripciones son espeluznantes, revelando un lugar terrorífico e inhóspito:

“The great wall of vegetation, an exuberant and entangled mass of trunks, branches, leaves, boughs, festoons, motionless in the moonlight, was like a rioting invasion of soundless life, a rolling wave of plants, piled up, crested, ready to topple over the creek, to sweep every little man of us out of his little existence”[30].

La selva africana es presentada como algo salvaje, primitivo, como la máxima expresión de los impulsos irracionales; es, en definitiva, un escenario donde no imperan las leyes y el orden racionales, donde el hombre puede comportarse, tal y como hace Kurtz, amoralmente[31].

Descenso al inconsciente

Pero el viaje de esta historia no debe verse únicamente como un simple desplazamiento físico desde un punto A (Londres) a un punto B (la selva del Congo) con su consecuente descripción geográfica y antropológica, porque el viaje va mucho más allá que a un lugar distinto de la tierra; va a una época diferente del desarrollo humano, a una etapa más primitiva del hombre, donde no es el raciocinio, sino los instintos naturales los que toman las decisiones. Es un desplazamiento de la luz a las tinieblas; de la civilización a la barbarie; del pensamiento racional al inconsciente instintivo del ser humano. Marlow está regresando a una etapa del desarrollo humano anterior a la civilización actual, “We were wanderers on prehistoric earth, on an earth that wore the aspect of an unknown planet”[32].

El río es mucho más que un camino fluvial; es un camino por la vida del hombre, el cual lleva al conocimiento personal y a los territorios más profundos y oscuros de sí mismo. La relación entre el río y la serpiente, aparte de retratar la bestialidad del territorio, retrata al río como un guía hacia una época anterior al Pecado Original; una época más primitiva donde la moralización cristiana aún no ha sucedido (y donde quizás no sucederá jamás); es el regreso a la tierra sin ley, a la oscura naturaleza de la condición humana.

Marlow siente que el viaje no lo está llevando al centro del continente africano, sino al centro de la tierra[33]; un descenso similar al de Dante por el infierno (véase cita 13), al lugar tenebroso donde Marlow se encuentra con la condición humana antes de la llegada del concepto de ‘pecado’. Sin moral occidental cristiana, el pecado es inexistente al igual que su castigo consecuente, por lo cual el horror, la naturaleza del horror es lo único que pervive: “some lightless region of subtle horrors, where pure, uncomplicated savagery was a positive relief, being something that had a right to exist”[34]. Es la naturaleza la que tiene el control en el corazón de la selva; ella da las posibilidades, pone las reglas y transforma a su voluntad a quienes pasan por ella.

La relación con el entorno y el contacto cercano con las gentes de aquel,  producen grandes transformaciones en los personajes de la narración. La naturaleza es esencial para el desarrollo de la obra, debido a que es ella  quien impone las normas de conducta, produciendo una adaptación necesaria de los personajes a su entorno para poder sobrevivir. Dice el médico que revisa a Marlow antes de su viaje: “It would be interesting for science to watch the mental changes of individuals, on the spot”[35]. Y eso es precisamente lo que permite el relato: ver cómo, poco a poco, los personajes van cambiando y asimilándose al entorno; cómo su percepción del otro y de la naturaleza evoluciona mientras más se adentra en la selva.

En un primer momento, estando aún en Europa y en sus primeros pasos por el Congo, Marlow tiene una visión típica colonial del nativo como ‘enemigo’. La educación occidental de los imperios coloniales le muestra a los aborígenes africanos como ‘enemigos de la civilización’ quienes se resisten al progreso y a la iluminación de la humanidad. Pero entre más se adentra en la selva, él comienza a percibir que aquellas nociones coloniales del nativo africano no son del todo correctas; viéndolo más cerca, teniendo que convivir con el nativo se da cuenta de que el título de ‘enemigo’ o, incluso, de ‘bandido’ es absurdo, ya que los aborígenes con los que se encuentra no son más que un grupo de seres desnutridos, débiles y pasivos, “They were not enemies, they were not criminals, they were nothing earthly now, – nothing but black shadows of disease and starvation”[36]. ¿Cómo podría considerársele como ‘enemigo’ a un ser que no puede defenderse, a alguien tan indefenso como una sombra?

Pero la percepción de Marlow de los aborígenes no se queda sólo en ‘sombra’. Conrad intenta mostrar a su alter-ego, Marlow, sintiendo una relación relativamente cercana con aquellos salvajes supuestamente tan lejanos a él y a su concepto de humanidad; llega a percibir una cierta hermandad con aquellas bestias. Al encontrarse frente a frente con ellos, luego de haber vivido en la selva durante algún tiempo, Marlow cae en cuenta de que esa humanidad primitiva, salvaje y libre, del aborigen no es ajena a él; había una humanidad en ellos igual a la suya que lo hacía sentirse fraternizado con ellos “They howled and leaped, and spun, and made horrid faces; but what thrilled you was just the thought of their humanity –like yours- the thought of your remote kinship with this wild and passionate uproar”[37]. Aquella humanidad salvaje estaba en su interior, había algún gen dentro de su cuerpo que se relacionaba con aquel salvaje; era como ver el pasado de su especie y sentir el vínculo irrompible que lo unía con aquel pasado. Era el “inconsciente colectivo” del que hablaría años más tarde el psicoanalista Carl Jung: un espacio del inconsciente del ser humano donde yace la memoria de la humanidad, este “es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye así un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre”[38]. Todo el pasado de la humanidad estaba dentro de su memoria, por lo cual la distancia entre un ser humano y otro no era tan larga como se pensaba.

En Marlow no sólo cambia la percepción del nativo, también cambia la percepción de la naturaleza (véase “Retrato de la Selva”) y de la realidad circundante que comienza a perder el sentido en el transcurso del viaje, “I’ve never seen anything so unreal in my life”[39]. El entorno comienza a verse como algo imaginario, algo borroso, como trozos de un sueño. Marlow intenta contarle su viaje por el Congo a sus compañeros en Londres, pero se da cuenta de que ellos nunca lograrán ver la historia, nunca podrán imaginarla; de la misma manera que se puede relatar un sueño, pero nunca nadie podrá verlo de la misma manera que uno lo ve:

“Do you see the story? Do you see anything? It seems to me I am trying to tell you a dream –making a vain attempt, because no relation of a dream can convey the dream-sensation […] that notion of being captured by the incredible which is of the very essence of dreams”[40].

Pero, no solo la realidad vivida en la selva pierde el sentido, sino que también el pasado de los personajes comienza a desvanecerse con el paso del tiempo: aquella realidad anterior, cómoda, sedentaria de la civilización, comienza a diluirse en una especie de sueño que no permite estar seguro de si sucedió en realidad; la existencia en la selva era tan fuerte y agobiaba tanto a la mente, que todo lo que no fuese ella se perdía en algún lugar recóndito de la memoria, “the past came in the shape of an unrestful and noisy dream, remembered with wonder amongst the overwhelming realities of this strange world of plants, and water, and silence”[41].

Y esa sensación de sueño y de incomprensión del pasado y de la vida civilizada no se queda en la selva: regresa con Marlow a Londres. Al contrario de lo que le sucedió con los nativos, que al llegar a ellos logra comprenderlos e incluso sentirse fraternizado con ellos, al regresar a la sociedad occidental y civilizada, Marlow ve la futilidad, la simpleza, la importancia insulsa y los conocimientos innecesarios de aquella gente que vive resguardada en la seguridad y comodidad de la consciencia, de la luz, de la civilización. Ya no se siente parte de aquella comunidad occidental; la existencia más profunda y natural de la selva le ha permitido vislumbrar la superficialidad de la civilización. Dice Marlow, “They were intruders whose knowledge of life was to me an irritating pretence […] I had no particular desire to enlighten them, but I had some difficulty in restraining myself from laughing in their faces, so full of stupid importance”[42].

Pero, a pesar de la importancia de los cambios perceptivos de los personajes, la influencia más grande del entorno sobre ellos es en la transformación interior, “the changes take place inside”[43]. Entre más se adentra el colonizador en la selva africana, alejándose de la sociedad civilizada, comienza también a alejarse de la forma de pensar y percibir racional y civilizada, regresando a una etapa más instintiva de la mente humana. Jung habla del efecto de disociación de la psiquis, el cual puede ser relacionado con la disociación física del hombre separado de la civilización por la gran muralla selvática: “a medida que aumenta la disociación parece caer en cierto modo en un estadio más primitivo (es decir, arcaico-mitológico), modificar su carácter acercándose a la forma instintiva en la cual se basa y asumir las características distintivas del impulso”[44].

Entre más se aleja de los territorios civilizados, adentrándose en el corazón de la selva, no es el colonizador quien civiliza a los nativos y domestica a la naturaleza, sino son los nativos y la naturaleza quienes bestializan y dominan al colonizador. “Never before, did this land, this river, this jungle, the very arch of this blazing sky, appear to me so hopeless and so dark, so impenetrable to human thought”[45], la naturaleza es incomprensible para quien la mira con un ojo basado en paradigmas racionales, es superior a estos, por lo cual el hombre racional debe dejar a un lado su forma de pensar y de percibir la realidad para poder estar en equilibrio con la naturaleza. Por esta razón no hay posibilidad de ser turista en el corazón de la selva; porque el turista ve los lugares a los que viaja desde sus propios prejuicios sin hacerse parte del entorno, mientras que, en la selva, los propios prejuicios se pierden por necesidad, todo quien va se convierte en explorador, sin saber con qué se va a encontrar después; perdiendo el poder y el control de la situación; el humano ya no es sino un animal más que debe obedecer a la madre naturaleza.

Cuando un europeo pone pie en la selva africana, donde la ley, el orden y la ética occidental no alcanzan a llegar, este debe adoptar una postura diferente ante la vida para poder sobrevivir. Marlow y (sobre todo) Kurtz, van dejando a un lado, poco a poco, las formas de pensamiento occidentales, regresando a una forma de pensar más instintiva para poder sobrevivir en la selva. A este cambio de percepción, o asimilación a la naturaleza, se le considera como locura en occidente, debido a que se pierde toda la estructura mental de un hombre civilizado y racional. Pero esta “locura” no es algo inusual en la selva, aunque en occidente se le considere como “un estado de ánimo o enfermedad que parece apoderarse de los europeos apenas pisan suelo africano”[46], no es una enfermedad; es simplemente el paso instintivo que da el hombre para asimilarse a la naturaleza; es simplemente la naturaleza y la soledad apropiándose de la mente del hombre civilizado; “his soul was mad. Being alone in the wilderness, it had looked within itself, and, by heavens! I tell you, it had gone mad”[47].

El humano requiere de la naturaleza para poder existir dentro de ella y bajo su dominio y, consciente o inconscientemente, comienza a realizar actos instintivos y naturales (la dominación y el asesinato como ejemplos de “la ley del más fuerte” y de “la selección natural”; mismos argumentos utilizados por los europeos para justificar la colonización), los cuales, irónicamente, son considerados como inmorales cuando no van en pos del progreso occidental sino hacia el camino opuesto.

Kurtz es el ejemplo perfecto para retratar la transformación que le produce al hombre vivir en el corazón de la selva. Dice Vargas Llosa, “se interpuso la realidad africana y ella bastó para que la mente de Kurtz (o su alma) basculara de la razón a la sinrazón”[48]. La oscuridad de la selva se toma a Kurtz, lo va carcomiendo en el transcurso de los meses viviendo en la selva, convirtiéndolo en parte de su diabólica oscuridad, “it had taken him, loved him, embraced him, got into his veins, consumed his flesh, and sealed his soul to its own by the inconceivable ceremonies of some devilish initiation”[49]. El terror moral, el terror moral y el horror, el horror de la selva, el horror que se vive en ella es, una realidad que Kurtz tiene en cuenta y conoce perfectamente. Él sabe que la única manera de sobrevivir a esa realidad es uniéndose a ella; haciéndose amigo del horror y de la amoralidad; escuchando a la naturaleza y regresando a su conducta natural de instintos brutales y de pasiones monstruosas porque, de lo contrario, la naturaleza será su peor enemigo.


[1] Pseudónimo de Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski. Era llamado Konrad por sus familiares, nombre que aludía al héroe de un poema patriótico. Después de obtener la ciudadanía británica y harto de las dificultades que tenían sus conciudadanos con su apellido polaco, decidió renombrarse partiendo de su nombre verdadero.

[2] Hochschild, A., King Leopold’s Ghost,  Londres,  MacMillan, 1999, p. 140.

[3] Watt, I., Conrad in the Nineteenth Century, Londres, Chatto and Windus, 1980, p. 20, citado en “Introducción”, El corazón de las tinieblas, edición de F. Galván y J. S. Fernández Vázquez, Madrid, Cátedra, 2010, p. 19.

[4] En estos diarios se detalla la localización geográfica y temporal, el clima y hasta la salud del propio Conrad: “A Luasi, hem tornat al camí governamental. Hem acampat a dos quarts de cinc de la tarda. El Sr. Heche amb nosaltres. Avui gens de sol. Vent molt fred. Dia malencònic”. Conrad, J., “El diari del Congo”, El cor de les tenebres, Laertes, Barcelona, 1985, p. 20.

[5] Hochschild, A., op. cit., p. 143.

[6] Este personaje está inspirado en varias personas reales. Entre ellas, Léon Rom y Georges Antoine Klein, un agente del marfil. En alemán, kurtz y klein significan corto y pequeño, respectivamente.

[7] Después de unos años, al bajar el precio del caucho, los materiales que cogieron el relevo fueron el cobre, el oro o el estaño.

[8] De hecho, los beneficios de una parte del territorio no pertenecían al estado belga en sí, sino que pasaban directamente a engrosar las arcas monárquicas. De esta forma Leopoldo II se convirtió en uno de los europeos más ricos.

[9] Vargas Llosa, M., “Extemporáneos. Las raíces de lo humano”, en Letras Libres, diciembre 2001, p. 18.

[10] Op. cit., p. 18.

[11] Con quien se encontró Joseph Conrad durante su viaje por el Congo, y de quien dice que “pensa, parla bé, [és] molt intel·ligent i amable” (Conrad, J., “El diari del Congo”, Op. cit., p. 11).

[12] Op. cit., p. 18.

[13] Conrad, J., The Heart of Darkness, Penguin Books, London 1994, p. 6.

[14] Ibidem.

[15] Ibidem.

[16] Op. Cit., p. 7.

[17] Op. Cit., p. 12.

[18] Son varios los estudios que han respondido a las críticas del nigeriano Chinua Achebe, poniéndolas en entredicho y rebajando el valor de su acusación. Pese a que en este trabajo no se quiere entrar en calificaciones morales de la obra, parece demasiado evidente que no se puede devaluar la calidad de la novela —como pretende Achebe— por su supuesto racismo. Principalmente, porque la novela está escrita a finales del siglo XIX, y, si tenemos en cuenta las teorías raciales de la época, es más bien crítica con ellas. Por ejemplo al criticar a la tía de Marlow (“She talked aboutweaning those ignorant millions from their horrid ways,” till, upon my word, she made me feel uncomfortable” [Op. Cit. p. 18.]) o al doctor que le evalúa, quien busca “to measure the crania of those going out there” (Op. Cit., p. 16) para observar qué efecto produciría el mundo incivilizado en ellos. ¿Tiene sentido, pues, acusar de racista a un autor que, en una sociedad extremadamente racista —en comparación con la nuestra— , se atrevió a desmarcarse aunque solo fuera un poco para criticarla?

[19] Op. Cit., p. 51.

[20] Ibidem.

[21] Op. Cit., p. 9.

[22] Op. Cit., p. 8.

[23] Op. Cit., p. 13.

[24] Op. Cit., p. 19.

[25] Op. Cit., p. 24.

[26] Op. Cit., p. 28.

[27] Ibidem.

[28] Op. Cit., p. 33.

[29] Op. Cit., p. 37.

[30] Op. Cit. p. 43.

[31] En la edición de Fernando Galván y José Santiago Fernández Vázquez de El corazón de las tinieblas se exponen varios ejemplos de interpretación de la novela. Entre ellos, dan un papel preponderante a la jungla, aunque no por ello significa que sean más válidos. Sirva de ejemplo esta sobreinterpretación sexual psicológica de la selva: “Thomas Moser ha apuntado que, desde un punto de vista simbólico, la presencia asfixiante de la exuberante vegetación africana representa el miedo que Marlow siente por la sexualidad femenina” (Galván Fernández 2005: 94), o esta otra:

La presencia de símbolos fálicos constituye […] uno de los motivos dominantes de la novela […]: “El río es […] un falo que se introduce en la vulva de África, el extremo de un pene que toca la matriz, el corazón, la oscuridad interior. Pero en sí mismo el río es también una vulva que se abre hacia el mar, atrayendo a las aves carroñeras de Europa, excitadas sexualmente. El falo de Europa entra en el orificio, se introduce en el corazón de las tinieblas, alcanza el clímax y derrama su contenido” (Kimbrough) (Ibid., p. 65).

[32] Conrad, J., Op. Cit., p. 51.

[33] Op. Cit. p. 18.

[34] Op. Cit. p. 83-84.

[35] Op. Cit. p. 29.

[36] Op. Cit. p. 24.

[37] Op. Cit. p. 51.

[38] Jung, C. Arquetipos e inconsciente colectivo, Editorial Paidós, Barcelona 2009, p. 10.

[39] Conrad, J., Op. Cit. p. 33.

[40] Op. Cit., p. 39.

[41] Op. Cit., p. 48.

[42] Op. Cit., p. 102.

[43] Op. Cit. p. 17.

[44] Jung, C., Op. Cit., p. 209.

[45] Conrad, J., Op. Cit. p. 79.

[46] Vargas Llosa, M., Op. Cit. p. 20.

[47] Conrad, J., Op. Cit. p. 95.

[48] Vargas Llosa, M., Op. Cit. p. 21.

[49] Conrad, J., Op. Cit. p. 69.

 

3 thoughts on “Análisis de la naturaleza en “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

  1. La verdad me pareció excelente el análisis.
    Estoy haciendo un estudio y comparación de “El corazón de las tinieblas” junto con otras obras y los temas tocados me ayudaron para ampliar el desarrollo de mi hipótesis.
    Vas a ser parte de mis referencias, genio.
    (Y)

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