Los judíos en el medioevo

 

 

 

Introducción y Contexto

Las crónicas hispano-hebreas recogen dos obras que pertenecen al raro grupo de las escritas en hebreo, destinadas a exponer las calamidades y atropellos padecidos por el pueblo judío a lo largo de la historia. En el siglo XVI, surgen una decena de cronistas- historiadores, o exiliados de España en 1492, de Portugal poco más tarde, o bien descendientes de los anteriores, habiendo nacido lejos de las tierras de las que sus mayores fueron originarios.

Las dos crónicas contenidas en este volumen son dos de las muestras más destacadas de este género historiográfico, La vara de Judá y Valle del llanto, obras de Salomón ibn Verga y Yosef ha-Kohen, nacidos ambos en la segunda mitad del siglo quince. Ambos utilizaron diferentes fuentes, en parte familiares, ambos eran sefardíes, es decir, descendientes de los judíos que vivieron en la Península Ibérica hasta la gran expulsión de 1492, y que están ligados a la cultura hispánica mediante la lengua y la tradición.

Salomón ibn Verga

Salomón ibn Verga nació en Sevilla alrededor de 1460, en una familia cristiana ya desde 1248. Con la expulsión de 1492 pasó a Lisboa, donde vivía como converso, sin que constase que se hubiera bautizado. Una vez autorizados los conversos  abandonar Portugal en 1506, Ibn Verga pasó a Italia, y luego a Turquía, donde murió bien adentrado el siglo dieciseis, sin que podamos precisar la fecha del fallecimiento.

Según algunos estudiosos, para crear la obra que ofrece este volumen, La vara de Judá, Salomón ibn Verga se basó en una crónica sobre la persecución de los judíos escrita por un pariente suyo. Otros eruditos citan distintas obras como origen de La vara de Judá, en ninguna de las cuales debe verse una fuente exclusiva.

La vara de Judá es una compilación de las penalidades y persecuciones sufridas por los judíos desde los tiempos del Segundo Templo hasta los propios días del autor. Salomón ibn Verga no consideraba su obra mera crónica. Bien al contrario, analiza el porqué del odio que sufre el pueblo judío, refuta muchos argumentos de sus enemigos, y no se conforma con dar como causa final la voluntad inescrutable del Sumo Hacedor. Pero también apunta algunas causas imputables a los mismos judíos destinatarios de la obra, quienes, entre otras cosas, deberían advertir hasta qué punto saldrían ganando frente a sus vecinos con un comportamiento más modesto y con cierta humildad conceptual. Ibn Verga predica la tolerancia mutua y, si de él dependiera, disminuiría las barreras que separan las diferentes confesiones.

Algunos consideran a Salomón ibn Verga como precursor del pensamiento crítico dentro del judaísmo; si por una parte nunca dejó de ser fiel a su religión, ni respetuoso con su Dios y sus mandamientos, por otra a veces parece que puede leerse entre líneas cierto inconformismo que las circunstancias y el medio ambiente en el que vivió no le permitirían expresar libremente.

Yosef ha-Kohen

La segunda crónica contenida en este volumen lleva por título Valle del llant y es de Yosef ha-Kohen. Nació en Aviñón en 1496. La vida de Yosef ha-Kohen refleja la visicitudes de los judíos de la Italia de su tiempo, tan pronto expulsados de una ciudad como readmitidos en la misma. El, como tantos judíos de todas las épocas diaspóricas, fue cambiando de lugar de residencia a tenor de las posibilidades de cada momento.

Yosef ha-Kohan dejó obras sobre materiales como medicina, historia y geografía, pero es, sobre todo, conocido como autor de Valle del llanto, que escribió a mediados del siglo dieciseis sobre las calamidades que les sobrevinieron desde el día de la expulsión de Judá : una extensa lista de persecuciones, expulsiones, martirios, conversiones forzadas y sufrimientos de todo tipo a lo largo de quince siglos de diáspora. Yosef ha-Kohen ha sido testigo de muchos de los hechos que relata o bien ha recogido las noticias de fuentes fiables.

La edición conjunta del Círculo de lectores de ambas crónicasno es casual: se trata de las dos obras históricas judías más sobresalientes de su tiempo y además se complementan a la perfección.

La memoria viva del pasado precristiano

Para comprender las “Crónicas Hispano-hebreas, se debe regresar al primer milenio después de Cristo y comprender la situación de los judíos en esta época. Antes del siglo X, las comunidades judías en Europa eran muy reducidas y, por lo tanto, no eran perseguidas en grandes cantidades. Carlomagno y sus sucesores no los persiguieron y el pueblo cristiano en general seguía a san Agustín en que: “no los mato por miedo a que mi pueblo olvide”. En otras palabras, los trataban con tolerancia, incluso con actitud protectora, debido a que eran la memoria viva del pasado precristiano.

Un texto relevante para encontrar la relación teórica entre judíos y cristianos en la época, es “Las siete partidas” del rey Alfonso X el Sabio escrito en 1265. Este texto es un cuerpo normativo redactado en Castilla durante su reinado, con el objetivo de conseguir una cierta uniformidad jurídica en el reino. Se ha sostenido que las partidas se otorgaron como texto legislativo y no como obra doctrinal, a pesar de su contenido a veces más filosófico que legal, lo que se  confirmaría por su prólogo que dice: “que se dictaran sólo para que por ellas se juzgara”.

En lo que concierne a los judíos, en la Ley 1 del título 24, se explica la razón por la cual se le permitía a los judíos vivir entre cristianos: “porque ellos viviesen como en cautiverio para siempre y fuesen memoria a los hombres que ellos vienen de linaje de aquellos que crucificaron a Jesucristo”. Esto es una muestra de la doble moral con la cual jugaban los cristianos frente al tema judío; utilizaban la disculpa de mantenerlos protegidos, para, en realidad, tenerlos controlados en todo momento.

Alrededor del año 1000, había más o menos 4000 judíos en tierras alemanas, número que subió a cerca de 20.000 a finales del mismo siglo. Este crecimiento numérico de los judíos en Europa, fue consecuencia de la expansión de la economía en la cristiandad después del año 1000. Los príncipes cristianos los solicitaban y privilegiaban debido a que eran especialistas en servicios económicos (servicio que los cristianos no podían satisfacer).

Por esta razón, hubo una cierta convivencia pacífica entre cristianos y judíos, incluso se les permitía tener sinagogas y escuelas; Alfonso X el Sabio en su Ley Cuarta dice que no se podían construir más sinagogas de las que ya había en el reino, pero que las que ya estaban construidas debían ser respetadas por los cristianos ya que ahí “se loa el nombre de Dios, prohibiendo que ningún cristiano no sea osado de quebrantarla”.

Incluso había relación entre clérigos y rabinos para discutir temas del Antiguo Testamento. Como se puede ver en La vara de Judá de Salomón ben Verga, donde se relatan las discusiones entre el rey Alfonso y el sabio Tomás donde discuten sobre temas del Antiguo Testamento y de las conversaciones entre el sabio Tomás (cristiano) e Isaac Abravanel (sabio judío) mostrando respeto al judaísmo e intentando ver la situación del judío con un ojo racional y no fanático.

Pero, aún en medio de una convivencia relativamente pacífica, los judíos vivían bajo leyes reales muy estrictas. Con el aislamiento, los judíos se hicieron muy vulnerables, prohibiéndoseles ser propietarios y trabajar la tierra, así como gran parte de los trabajos; Alfonso X proclama en la Ley tercera que  no se les permitiría tener ninguna labor honrada, ni oficio público, ni ningún otro trabajo con el cual pudiesen exigir nada a ningún cristiano.

Otras cláusulas importantes de las leyes de Alfonso X a los judíos fueron exigencias como: En la Ley segunda, se les prohibía convertir a los cristianos al judaísmo con pena de muerte, al igual que no tenían permitido salir del gueto el Viernes Santo. En la Ley octava, se les negaba la posibilidad de dar de su comida,  de su bebida o de sus medicamentos a los cristianos. Un último punto, fue la imposición de la Ley undécima, donde se les obligaba a llevar una señal en la cabeza o indumentaria precisa para que pudiesen ser reconocidos fácilmente como judíos, a pena de ser azotados públicamente y de pagar una cuota al no cumplir la ley.

Aunque parezca que estas normas impuestas hace casi un milenio, sean bárbaras e inhumanas, es un hecho que la sociedad europea aún no ha aprendido completamente de sus errores, repitiendo estas imposiciones absurdas en épocas tan contemporáneas como la Alemania Nazi de la Segunda Guerra Mundial.

La noción cristiana del judío

“pues de todos es admitido que las religiones no subsisten sino por virtud de la imaginación” – Salomón ben Verga –

Con la Primera Cruzada en 1099, la situación judía cambió. En 1095, el papa Urbano II llamó a los guerreros de la cristiandad occidental a liberar la Tierra Santa de las manos musulmanas. Aunque el ataque no iba dirigido directamente a los judíos, si los musulmanes habían negado a Jesucristo y debían pagar por ello, los judíos había hecho algo peor; lo había enviado a su muerte por lo que, de paso, también deberían recibir un castigo similar o incluso más fuerte. Entonces, esta obsesión cristiana con Jerusalén y la evocación a la Pasión de Cristo, víctima de los judíos, desencadenó una oleada de odio y de hostilidad hacia ellos. Incluso juzgaban que debido a Jesucristo y al nacimiento del cristianismo, los judíos se vengaban de aquél cogiendo a un cristiano, dándole el nombre de Jesús y comiendo su sangre como venganza. Los cruzados que pasaban por comunidades judías en camino a Jerusalén, atacaron a muchas de estas, generando la primera oleada de pogromos en Europa.

En los siglos XII y XIII, se inventaron otros motivos para la persecución de los judíos: por un lado, se dio como verdad un rumor de que los judíos estaban realizando crímenes rituales, matando muchachos cristianos para sus ritos, dice ibn Verga en las palabras del rey Alfonso: “Hace seis días llegó a nuestro lugar un ministro de nuestro Salvador, un obispo, quien predicó ante muchos que los judíos no podían celebrar su fiesta llamada en lengua hebrea Pesah sino con sangre de cristiano”. Esta especie de rumores se tradujo usualmente en más pogromos. Estos rumores se encuentran en la época del rey Alfonso y se mantienen complican en los tres siglos siguientes.

Se les dio también la responsabilidad de la peste negra de 1321, donde supuestamente habían envenenado los ríos ayudados por los leprosos. Aunque luego se supo que las declaraciones sólo habían sido calumnias, el rey los obligó a convertirse al cristianismo, matando a quince mil judíos que no se convirtieron. Dice la crónica de Yosef ha-Kohen “En Alemania acusaron a los judíos diciendo: “han arrojado las muerte en los pozos”. Y los atormentaron con varas y látigos espinosos, y los quemaron en la hoguera”. En medio de este odio y hostilidad, los judíos siguieron ejerciendo su profesión de prestamistas. Esto los llevó a sumarse el título de usureros y al odio cristiano debido a que  se veían obligados a apoyarse en los judíos en la economía.

Las grandes expulsiones

Basándose en las normas de comportamiento impuestas a los judíos en varias partes de Europa, se consideraba que estos tenían un derecho legítimo a vivir en la sociedad cristiana, siempre y cuando no hicieran daño en ningún sentido a los cristianos de aquel territorio. Y fue debido al hecho de “haberle causado un mal a la sociedad cristiana”, que se comenzaron a desarrollar las grandes expulsiones del continente.

Inglaterra: Con el ascenso de Edward I al trono de Inglaterra en 1272, comenzó la última etapa de la existencia judía en la isla. El reino de Edward I fue insigne por su cercanía a las doctrinas y objetivos de la Iglesia, incluyendo la prohibición de la usura judía, impulsando la segregación y los intentos de conversión. Su Estatuto para los judíos, promulgado en 1275 fue esencial para su futura expulsión, este edicto prohibía a los judíos de ocuparse en trabajos de prestamistas, es decir, la labor que los había mantenido cómodos en Inglaterra, debido a que había sido apoyado por la realeza, ahora se les estaba prohibiendo. Por consiguiente, todo el aporte que los judíos le daban dado al tesoro real ya no se producía por lo que ya no eran necesarios en el territorio.

Con este contexto, en 1290 Edward I anuncia que todos los judíos debían irse de Inglaterra. Como causas, se puede encontrar la declinación de las contribuciones judías al tesoro real, la presión eclesiástica para la segregación y conversión de judíos, ahora apoyada por el rey y, como último y muy importante, la hostilidad general del pueblo frente a los judíos. Esto dejó a los judíos en un dilema: la migración forzada o la conversión. Algunos se convirtieron al cristianismo, pero la gran parte de ellos migró, yéndose principalmente hacia el sur y el este en dirección a Francia, donde sólo complicaron más los problemas de los judíos en este territorio, debido a que, no más de dieciséis años más tarde, la realeza francesa seguiría el ejemplo de su expulsión de Inglaterra.

Francia: La expulsión del reino francés en 1306 fue, de lejos, la más devastadora para el pueblo judío en la cristiandad medieval. Aunque los motivos específicos de la expulsión no son claros, lo que sí es claro es que el rey Philippe IV sacó de esta un provecho lucrativo inmensamente grande. Aunque les permitió irse con sus pertenencias movibles, sus tierras fueron apropiadas por la corona y luego vendidas a los cristianos, sacándole un gran provecho. Pero más importante, fue que todas las deudas de cristianos a judíos comenzaron a ser recolectadas por burócratas de la realeza, consiguiendo así otra gran fuente de ingresos.

Aunque estas recolecciones fueron provechosas económicamente, no llegaron a un buen fin debido a que el pueblo no estuvo de acuerdo con ellas tomando a la realeza como usurera. Por esta razón, luego de la muerte de Philippe IV en 1314, su hijo y heredero a la corona Louis X permitió el regreso de algunos judíos al reino francés en 1315, para arreglar los errores estratégicos cometidos por su padre. Es interesante ver el contraste entre lo que promulgaba el edicto de 1315 en lo que concierne a las justificaciones del rey para permitir el regreso de los judíos, con sus verdaderos motivos y con la percepción que tiene los judíos (Salomón ben Verga, en su crónica) de este rey y de su regreso.

El rey Philippe IV murió en 1314 montando a caballo. La visión de ben Verga en su crónica es que fue que la crueldad con los judíos la que le había ocasionado su muerte. Por lo que su hijo, Louis X, más piadoso y justo, vio lo que había sucedido a su padre y mandó un mensaje a los judíos pidiéndole que volviesen a sus tierras si lo deseaban dándoles la protección real. Las justificaciones que dio en el edicto fueron: por un lado, el ideal de conversión; por otro lado, las doctrinas católicas de preservar al judío como memoria viva del pasado precristiano y de la Pasión de Cristo; y, como último, la petición popular de que regresaran (bastante dudosa). Pero la invitación a regresar venía con bastantes cláusulas que permiten vislumbrar los verdaderos intereses maquiavélicos detrás del regreso judío a tierras francesas.

La exigencia de pagos por parte de los judíos estaba en todo el edicto. Por un lado, se les permitía recobrar las deudas pendientes del pueblo cristiano, pero sólo podían quedarse con un tercio de lo recogido, dándole los restantes dos tercios al tesoro real. Esto muestra que uno de los intereses del rey Louis X en que regresaran los judíos, era localizar a los cristianos que no habían pagado sus deudas para sacar más provecho económico. Todas las tierras incautadas sólo podían ser recuperadas comprándolas, al igual que las sinagogas y escuelas.

Pero, a pesar de que la corono les estaba devolviendo parte de sus pertenencias y deudas prometiéndoles protección, el miedo de los judíos expulsados no era hacia la realeza y a los nobles, sino a la plebe que los odiaba debido a la envidia: “¿qué provecho hay en la seguridad del rey y de los jueces de la tierra si no tenemos el afecto de las gentes, que traman siempre nuestra perdición?” (ben Verga, p.136). Aún así, algunos pocos regresaron y el rey les regresó sus tierras y deudas (pagando una cuota) y les dio vestidos y alimentos para mantenerse. Volvieron a ser expulsados en 1394, debido a la calumnia general del pueblo contra ellos.

España: Una causa muy importante para la decisión de expulsión de los judíos en 1492 fue la creación de las cortes inquisitorias y la consecuente persecución de la herejía (del griego hairetikós ‘partidista’, ‘sectario’; aquellos que, frente a la ortodoxia de la iglesia, desarrollan opciones o variaciones de cómo seguir al cristianismo). Esto se debe a que una gran parte de los herejes perseguidos, fueron acusados de judaizar al cristianismo, es decir, de volver a las raíces, a las prácticas y creencias del judaísmo siendo cristianos. Con la gran persecución al judaísmo en 1391, muchos judíos se convirtieron al cristianismo, claramente, sin quererlo ellos, por lo cual se desarrolló un nuevo tipo de cristiano (el Nuevo Cristiano) quien en realidad no creía en el cristianismo pero que había sido bautizado por la Iglesia. Estos seguían en contacto con sus amigos judíos y muchos mantenían su judaísmo vivo pero escondido. Por esta razón, como solución al problema de la herejía, se tomó en consideración la expulsión de los judíos, para poder eliminar la tentación de los Nuevos Cristianos de regresar al judaísmo.

Los Reyes Católicos (Fernando e Isabel) fueron más lejos que ningún otro soberano cristiano, y estaban decididos de retomar los territorios islámicos de la península y de erradicar la herejía (expulsando a los judíos causantes de ella) con el fin de lograr la “pureza de sangre”, creando un territorio homogéneo con una sociedad ortodoxa cristiana.

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