Doxa – Episteme: la oposición entre opinión y verdad en Descartes y Hume

“La duda incita, la certeza aquieta”

-Rubem Fonseca

René Descartes llega a la conclusión de que desde su infancia ha ido acumulando visiones erróneas del universo, las cuales con los años y la costumbre se fueron arraigando más fuertemente dentro de su ser, entonces “era preciso destruirlas de raíz para comenzar de nuevo desde los cimientos si quería establecer alguna vez un sistema firme y permanente”[1]. Y “bastará para rechazarlas todas encontrar en cada una algún motivo de duda”[2]. Es la duda la que le permite liberarse de todas las vestimentas que lo apartan de la verdad; todo lo que abra la posibilidad de duda será tomado (temporalmente) por Descartes como falso y así, podrá encontrar la indudable esencia de las cosas.

El materialismo aristotélico es confrontado por Descartes con la “dualidad” platónica de “realidad y sueño”: “Todo lo que hasta ahora he admitido como absolutamente cierto lo he percibido de los sentidos o por los sentidos”[3], siguiendo a Aristóteles afirma que todo el conocimiento adquirido hasta el momento le había llegado por medio de los sentidos, por medio de la experiencia; y, luego de analizar minuciosamente su relación con los sentidos, se da cuenta de que lo han engañado más de una vez: la misma seguridad que tenía estando despierto, de estar sentado viendo el fuego con su vestido de invierno, la había tenido también al haber soñado estar sentado viendo el fuego con su vestido de invierno, “y la experiencia me enseña, / que el hombre que vive sueña / lo que es hasta el despertar”[4]. Descartes se encuentra, como el hombre de la caverna de Platón que se libera de las cadenas: todo lo que había visto hasta el momento no era más que un engaño, no era más que sombras de una realidad aún desconocida para él, y “es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez”[5]. Descartes tomará por falsos los sentidos, alegando (temporalmente) “que algún genio maligno de extremado poder e inteligencia pone todo su empeño en hacerme errar”[6]. Y, entonces, ya liberado de los sentidos podrá acercarse más fácilmente a la esencia.

“no tengo ningún sentido absolutamente: el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son quimeras. ¿Qué es entonces lo cierto?”[7] Descartes ya se ha liberado de los sentidos, y la labor de su “Meditación Segunda” es analizar qué queda del hombre sin los sentidos. La respuesta que dará es cogito ergo sum (“Yo soy, yo existo”[8]): la conciencia de ser (el hecho de decir “Yo soy”) es precisamente la afirmación de la existencia del hombre (“Yo existo”). La simple concepción de existir, el acto de pensar que se es algo, hace verdadera la existencia y con esto descarta la posibilidad de no ser; el genio maligno podrá engañar al hombre otorgándole el velo de los sentidos pero “no podrá nunca conseguir que yo no exista mientras yo siga pensando que soy algo”[9]; “soy, por lo tanto, en definitiva, una cosa que piensa, esto es, una mente, un alma, un intelecto, o una razón”[10], por esto se entiende todo aquello que sucede en el interior de la persona: puede que lo exterior sensible no exista, puede que el fuego no exista como materia, pero sí “existe con todo el poder de imaginar [el fuego], que es una parte de mi pensamiento”[11], al igual que existe la sensación de quemarse con el fuego, por más de que la carne físicamente no se esté quemando.

El mundo es más que lo percibido por los sentidos, Descartes da el ejemplo de la cera: el hombre ve la figura de la cera, huele el aroma de la cera, siente la textura de la cera, luego la derrite y el hombre sigue reconociéndola como cera, “¿Qué existía, por tanto, en aquella cera que yo aprehendía tan claramente? Con seguridad, nada de lo que aprecié con los sentidos, puesto que todo lo que excitaba nuestro gusto, olfato, la vista, el tacto y el oído se ha cambiado: pero con todo, la cera permanece”[12]. Esto se debe a que el hombre nunca ha percibido la cera con los sentidos, sino siempre con una inspección de la razón: el hombre no ve con los ojos, no huele con la nariz, no siente con los dedos: el hombre ve, huele y siente con el pensamiento, “lo que creía ver por los ojos lo aprehendo únicamente por la facultad de juzgar que existe en mi intelecto”[13], y lo único que se puede dar por seguro es que no “exista otra cosa en mí a excepción de la mente”[14].

*

David Hume tiene una visión distinta sobre esta misma cuestión.  A diferencia de Descartes, él niega la posibilidad de llegar a conocer esa “esencia platónica” detrás de lo que los sentidos y la experiencia permiten conocer, “Estas fuentes y principios últimos están totalmente vedados a la curiosidad e investigación humanas”[15]. Es decir, sí existen esos principios y fundamentos de las cosas detrás de las apariencias, pero, por estar fuera de posibilidad experimentar con ellos por su intangibilidad, el hombre nunca llegará a conocerlos.

“Todos los objetos de la razón e investigación humana pueden, naturalmente, dividirse en dos grupos, a saber: relaciones de ideas y cuestiones de hecho[16]. Las relaciones de ideas (relations of ideas) son aquellas ciencias como la geometría, o el álgebra, “en resumen, toda afirmación que es intuitiva o demostrativamente cierta”[17], es decir, que pueden descubrirse sólo con la actividad mental, aún cuando no tienen referencia directa en el mundo real, “Aunque jamás hubiera habido un círculo o un triángulo en la naturaleza, las verdades demostradas por Euclides conservarían siempre su certeza y evidencia”[18].

Muy diferentes son las cuestiones de hecho (matters of fact), ya que su objeto es siempre una existencia real, por lo cual “en ningún caso se alcanza por razonamientos a priori[19], sino como resultado de los razonamientos fundados en la relación causa-efecto que “surgen enteramente de la experiencia”[20]. Sin la experiencia es imposible la deducción de la relación entre causa y efecto; “Adán, aun en el caso de que le concediésemos facultades racionales totalmente desarrolladas desde su nacimiento, no habría podido inferir de la fluidez y transparencia del agua, que le podría ahogar, o de la luz y el calor del fuego, que le podría consumir”[21], se cree que es solamente la razón la que deduce esta relación, pero es el hábito el que hace pensar que se ha conocido innatamente lo que, en realidad, requiere experiencia. Lo mismo sucede con lo que está en el futuro: “Que el sol no saldrá mañana no es una proposición menos inteligible ni implica mayor contradicción que la afirmación saldrá mañana[22]; no es necesariamente cierto que causas semejantes lleven a efectos semejantes; cada causa tiene su efecto y este sólo puede ser comprobado empíricamente. “Ninguno de nuestros razonamientos a priori nos podrá jamás mostrar”[23] que el sol saldrá mañana, sólo quedará demostrado cuando la experiencia de mañana vea salir el sol.


[1] R. Descartes, Meditaciones Metafísicas, Aguilar, Barcelona 1981, p.31.

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

[4] Calderón de la Barca, La vida es sueño, Castalia, Madrid 1984, p.162.

[5] R. Descartes, Meditaciones Metafísicas, Aguilar, Barcelona 1981, p.31.

[6] Ibid, p.34.

[7] Ibid, p.35.

[8] Ibid, p.36.

[9] Ibid, p.35.

[10] Ibid, p.37.

[11] Ibid, p.38.

[12] Ibid, p.39.

[13] Ibid, p.40.

[14] Ibídem.

[15] D. Hume, Investigaciones sobre el conocimiento humano, Alianza, Madrid 1992, p.53.

[16] Ibid, p.47.

[17] Ibídem.

[18] Ibid, p.48.

[19] Ibid, p.49.

[20] Ibid, p.50.

[21] Ibídem.

[22] Ibid, p.48.

[23] Ibid, p.52.

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