Personajes y Paisaje en “El llano en llamas” de Juan Rulfo

 

Kilómetros y kilómetros de soledad absoluta. Un hombre mira hacia un lado… no hay nada; mira hacia el otro… tampoco hay nada. Los personajes están metidos en una nada absoluta; una nada que tiene un sólo huésped de día y un sólo huésped hasta en la noche: el sol asesino, el calor insoportable. La sequedad comienza a levantar la superficie del suelo y esta aprovecha su liberación de la tierra que la mantenía atada al calor para emigrar a tierras más fértiles. Todos buscan irse. Todos buscan escapar del calor, de la sequedad; de la soledad, de la nada.

Los paisajes desérticos e infértiles de El llano en llamas de Juan Rulfo son más que un simple backround para las historias de los personajes: no son sólo el lugar que pisan, el lugar en el que viven, el lugar en el que dejan de vivir, en el que dejan de sobrevivir, el lugar en el que simplemente esperan la muerte; esa tierra árida, silenciosa, manchada de sangre inocente, sin futuro y sin sentido, es el reflejo de la situación que vive cada una de las personas que  muestra su cara en el libro. Refleja lo que han tenido que resistir, refleja lo que piensan de la vida y del futuro, de las posibilidades de sus hijos y todas estas reflexiones los lleva a una misma conclusión: que no hay nada. A veces ladra un perro, pero este ladrido, más que expresar vida, lo que resalta es la ausencia de la misma. Todo está en llamas. El perro ladra de calor, ladra por el sufrimiento de ver a su amo, a su tierra y a sí mismo extinguiéndose en medio de un mundo que nunca escogieron, en un mundo que les asignó el destino irrevocable, conocido también como el gobierno. Un mundo en el que no hay nada por hacer, que no llevará a ninguna parte; un mundo que los va enterrando poco a poco en una sepultura hecha de violencia, de injusticia y de calor.

El fuego y la nada de las tierras reflejan el nihilismo de los personajes. Nada crece, nada tiene vida, todo está en estado de pausa absoluta, una pausa que sólo termina en la muerte. No hay otra salida al calor y a la desolación más que la muerte a manos de alguno que desee quitarte ese pedacito de nada que le pertenece. Y no importa. Es mejor no estar, a estar en una vida que no lleva a nada.

Vuelve a ladrar un perro. Pero el anciano no lo oye porque lleva las desgracias de su hijo en su cabeza. Y el hijo tampoco lo oye ladrar. Su cuerpo está demasiado ocupado en irse al otro infierno, al infierno de los muertos, para poder escuchar los gritos de un animal. Para ellos todo está en silencio. A veces el viento les lleva las voces de los muertos, los cuales cuentan sus historias en una ciudad abandonada donde un hombre fantasma se toma el poder en sus manos por falta de un gobierno que lo maneje. Pero son sólo voces del otro mundo. En ese mundo por el que caminan ellos no hay nada. Otro hombre camina solo, sus compañeros han decidido dejarlo para irse hacia la muerte o hacia el futuro incierto que probablemente también los llevará a la muerte. Él camina y duerme, esperando ya sin esperanzas encontrarse con la vida, con agua, al menos con un humano o una vaca. Pero hasta la vaca ya murió. La lluvia sólo cae para generar desgracias: la vaca flota entre los ríos de la muerte pensando en esa niña que ya perdió toda posibilidad de escapar de los malos juegos del destino. La niña llora mirándose al espejo y viendo en su reflejo los cuerpos manoseados y gastados de sus hermanas, viendo su triste futuro en los cuerpos de ellas. Cuerpos vendidos por un pedazo de pan; por un pedazo de vida. La niña sólo llora. Y por los torrentes que salen de sus ojos pasa la vaca, pasa la única probabilidad que tenía de escapar de ese mundo maldito en el que llueve con el único fin de matar futuros.

“Puede que llueva”—dice un hombre a sus compañeros. Pero las nubes negras que tapan el cielo no están destinadas a darles agua a ellos; ellas van con los ojos fijos en un río que se desbordará para llevarse con sí a una vaca y el futuro feliz de una niña de doce años. Los hombres miran hacia arriba y responden en coro ingenuamente: “Puede que sí”. Y una gota se desprende de la nube negra y baja a toda velocidad, como corriendo para alcanzar a llegar al suelo antes de que… El calor la atrapa entre sus brazos; un rayo de sol la traspasa por el medio y de la gota, de la posibilidad de lluvia, sólo queda un hilo de vapor. Este se mantiene flotando unos segundos entre el aire denso y cálido para luego esfumarse. Como todo en el desierto. No queda nada por hacer. Todo se desvanece. Se ha perdido por completo el sentido de la vida. Ya nadie busca dentro de la tierra seca alguna posibilidad de alguna cosa. Todo está perdido. Hasta los santos perdieron su estatus. Unas ancianas decrépitas buscan canonizar a un diablo. Mejor es tener un San borracho, San ladrón y San juerguista, que no tener nadie a quién rezar.

Pero en medio de ese mundo de dolores, de tristeza, de soledad y de nihilismo hay un niño con una tabla en la mano esperando a que salgan las ranas. Un niño que no piensa en las desgracias que ocurren afuera, donde todo el mundo ataca a todo el mundo; donde la vida no es más que un paso entre la nada y la muerte. En medio de ese mundo, el niño sonríe. Sonríe mientras piensa en Felipa y su deliciosa leche, piensa en los grillos, piensa en comida. Es el único ser en todo este mundo de violencia y desolación que vive feliz. Muestra que la mejor solución para no sufrir el destino fatal que lo maneja, es introduciéndose dentro de sí mismo y viviendo allí, en el fondo de su alma, una vida distinta. Una vida donde el dolor no existe, donde la soledad trae alegrías, donde sólo importan las ranas y los sapos, los grillos y la leche de Felipa. Una vida que sabe esconderse del sufrimiento, que se ensimisma para evadir los dolores. Una vida interior, simple y sin preocupaciones. ¿Para qué salir de sí mismo si afuera sólo encontrará maldad? Macario ha encontrado la solución a ese problema: “para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa”; “estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada.”

 

One thought on “Personajes y Paisaje en “El llano en llamas” de Juan Rulfo

  1. Excelentisimo texto de Rulfo, es un buen auxiliar para los noveles lectores del bachillerato, como los del CCH.

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