Mestizaje en “Las Leyendas de Guatemala” de Miguel Ángel Asturias

 

La obra de Miguel Ángel Asturias puede llegar a considerarse como uno de los ejemplos más claros de mestizaje en la literatura hispanoamericana. La estructura de sus narraciones está hondamente influenciada por el surrealismo desarrollado en París a principios del siglo XX, contrastando con su contenido y su preocupación social que se arraigan a la tradición indígena de Guatemala. Lo irónico de este mestizaje interior de Asturias es que no se formó por la llegada de la “civilización culta” a América, sino al contrario, “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma”: al llegar a París, el joven “chapín” no sólo encontró la anhelada cultura europea que estaba buscando, sino que fue allí, en medio del círculo vanguardista de La Sorbonne donde se chocó, casi casualmente, con su propia tradición indígena guatemalteca; fue en París, y con la ayuda del profesor Georges Raynaud, donde Miguel Ángel logró introducirse verdaderamente dentro de la cultura de su país; esa cultura que sería fundamento y base para toda su obra literaria.

Asturias encontró en las teorías oníricas del surrealismo de Breton la estructura perfecta para desenterrar ese mundo mitológico quiché que, aunque estaba en la tierra, en los árboles, en la fauna, en los ríos y en los volcanes de toda Guatemala, aún se mantenía escondido para la civilización europea. Logró asimilar todo lo que necesitaba del mundo moderno de París para exprimirle el jugo y luego entregárselo como ofrenda a la cultura indígena guatemalteca. La confusa e incomprendida dimensión del mundo onírico fue para Asturias el esqueleto preciso que le permitió mostrar ese otro mundo, también confuso e incomprendido, mágico y a la vez real, que era la mitología de su país.

Pero el mestizaje no queda sólo en Asturias y en la unión de culturas que creó entre la forma y el contenido de sus obras; muestra también en los relatos de Leyendas de Guatemala, el mestizaje creado a raíz de la conquista y colonización de los españoles en su tierra. Sobre todo en el primer capítulo: “Guatemala”, acá intenta dejar claro lo que le sucedió a la cultura de su país al llegar la cruz cristiana a imponerse sobre absolutamente todo. Aunque aquí, más que un mestizaje, lo que intenta mostrar Asturias es la sobreposición de una cultura sobre otra: “Es una ciudad formada de ciudades enterradas, superpuestas, como los pisos de una casa de altos. Piso sobre piso. Ciudad sobre ciudad” (Alianza, 2001 p.15). Al mundo antiguo indígena de Guatemala le fueron cayendo, una tras otra, todas las ciudades y culturas que con la colonización y el tiempo se fueron asentando sobre ella. Pero afirma que aunque a la vista ya no puede encontrarse nada del mundo antiguo, en la mente de los habitantes sí siguen estando vigentes las creencias y costumbres antiguas que mantienen vivas las tradiciones indígenas que los colonizadores intentaron desaparecer. No se ve nada con los simples ojos, pero al buscar en el aire, en las tradiciones y creencias del pueblo y en el aliento de los árboles, se puede percibir como se desnudan los dioses, como “Ronda por Casa-Mata la Tatuana, El Sombrerón recorre los portales de un extremo a otro; salta, rueda, es Satanás de hule. Y asoma por las vegas el Cadejo, que roba mozas de trenzas largas y hace ñudos en las crines de los caballos. Empero, ni una pestaña se mueve en el fondo de la ciudad dormida, ni nada pasa realmente en la carne de las cosas sensibles” (Alianza, 2001, p.14).

La misma idea expresa Asturias en la “Leyenda de Tatuana”; en la cual la tradición, la magia y la mitología quiché están representadas en la Tatuana y el Maestro Almendro, quienes deben sufrir el encarcelamiento por órdenes del Dios católico y del Rey: el Maestro por ser un supuesto brujo y ella por ser una endemoniada. Esta puede considerarse como una representación simbólica de lo que sucedió con toda la cultura indígena en América: fue juzgada y amenazada por no seguir los ideales del colonizador, quedándose sólo con dos opciones por seguir: dejar sus tradiciones y su cultura para mantenerse vivos o morir con el orgullo de haberse mantenido fieles a sus creencias y a su pasado. Y eso es lo que hacen el Maestro y la Tetuana: dejar el cuerpo botado en una celda, para poder seguir libres en sus mentes. Asturias nos abre al final del relato una salida más poderosa que cualquier barrote de hierro: nos muestra la hegemonía del mundo de las ideas sobre el llano mundo material. Platón se sobre pone a Aristóteles. Las mentes del Maestro Almendro y de la Tetuana son mucho más fuertes que cualquier encierro y por esta razón no pueden ser retenidos nunca porque, aunque el cuerpo lo tengan atado, la mente siempre la tendrán libre, “¡Vete, pues mi pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollín! ¡Pues mi pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del suquinay!” (Alianza, 2001, p.50). Se repite aquí la tesis que Asturias sostiene en todo el libro: que las tradiciones, aunque la mayoría de las veces no sean tangibles, existen tácitamente regadas por toda la superficie del mundo que las creó y las vio crecer. Se transforman, se acomodan, se moldean y se esconden como fantasmas, pero nunca se van; siempre hay algo que las mantiene vivas, hay algo que no deja que se pierdan, que les permite ser por siempre libres, libres de toda represión física. Y no existe, ni existirá nunca, un poder, un conquistador o un opresor con la fuerza suficiente para sacárselas de la mente a la gente que cree en ellas con toda su alma y su corazón.

 

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