Crítica de “The Thrid Reich” de David Welch

Crítica de The Third Reich de David Welch[1]

El estudio de la propaganda durante el dominio del Partido Nazi en Alemania es un campo relativamente joven ya que, a pesar de que han corrido ríos de tinta sobre el tema, las conclusiones generalmente se han visto polarizadas entre el éxito rotundo o el fracaso absoluto de la propaganda nazi, siendo ambos puntos de vista tan radicales hacia un lado u otro que no le permiten al lector quedar convencido de las conclusiones. David Welch, director de Estudios de Grado y profesor de Historia Moderna en la Universidad de Kent, ha visto estas falencias en el estudio de este tema y durante los últimos veinte años se ha dedicado a profundizar en el asunto, intentando dar una imagen más completa (sin la opresión de los ismos historicistas) que permita entender mejor el funcionamiento y la recepción de la propaganda nazi durante el Tercer Reich. Su campo de interés principal es la propaganda política del siglo XX y ha publicado varios textos sobre este tema (incluyendo el que se reseñará en estas páginas)[2].

En el texto que nos concierne, Welch hace un análisis de la teoría, la práctica y la respuesta popular de y a la propaganda política desarrollada por Joseph Goebbels y  Adolf Hitler en las diferentes etapas del Partido Nazi desde su nacimiento hasta su caída. Está dividido en cinco grandes partes: 1) The conquest of the masses, donde estudia las bases teóricas e históricas del desarrollo ideológico de Hitler que llevarán al nazismo; 2) Goebbels as propagandist, analiza la figura de Goebbels y su fundamento teórico para el desarrollo de la propaganda nazi; 3) Restructuring the means of communication, en el  cual explica la estructura  y funciones del Ministerio de Propaganda y de la Cámara de Cultura del Reich y hace un resumen histórico de los diferentes medios de comunicación fundamentales para la propaganda (radio, prensa y cine); 4) Propaganda and public opinion, 1933-9, un análisis de la propaganda durante la preguerra, haciendo énfasis en las temáticas principales de la propaganda nazi y su recibimiento; y 5) Nazi propaganda at war, 1939-45, donde estudia paralelamente las diferentes etapas de la guerra, la propaganda utilizada en cada una de ellas y su consecuente respuesta popular. Debido a la estructura del texto, con sus divisiones temáticas tan definidas, me parece oportuno analizar y reseñar cada una de las partes por separado para poder brindar una imagen más precisa sobre el punto de vista del autor en cada uno de los temas.

El discurso de Welch es supremamente organizado en todo el texto, dando siempre una introducción a cada uno de los temas, un repaso histórico, las bases teóricas de la propaganda de cada una de las partes, sus realizaciones prácticas, la respuesta popular y una pequeña conclusión. En la introducción, Welch deja clara su intención con este texto y hace un “estado de la cuestión” del estudio de la propaganda nazi. Su idea es analizar las intenciones del Partido Nazi con la propaganda (centrándose en los dos protagonistas, Hitler y Goebbels), cuál fue la realización práctica de estas intenciones y cómo respondió el público a los ataques propagandísticos para poder aclarar hasta qué punto fue efectiva la propaganda creada por los nazis.

En el “estado de la cuestión”, Welch define las tres principales corrientes de estudio sobre la propaganda nazi haciendo alusión a la polarización radical de todas: la teoría del “totalitarismo” (durante la década de los cincuenta) que cree en el control absoluto del Partido sobre la sociedad alemana, afirmando que el Tercer Reich era “a ‘totalitarian’ society in which the population had been ‘atomised’ and ‘mobilised’ through a ubiquitous system of terror and sophisticated propaganda techniques[3]; las perspectivas marxistas y liberales del fascismo (en los sesentas), que se ciernen a la idea del “impacto modernizador” de la Alemania Nazi, la cual, con su caída llevó a una “revolución social” destructora de los valores y de las creencias tradicionales, formando una Alemania moderna; y desde la década de los setenta se han desarrollado estudios más detallistas y humanos de la sociedad alemana de la época, haciendo énfasis en la situación del individuo, su posición dentro de o frente al sistema y su vida del día a día (Alltagsgeschichte), los cuales, a pesar de no ser más que una acumulación de datos y hechos sin trascendencia académica inmediata, sí son importantes debido a que han ayudado a tener un conocimiento más profundo del impacto del nazismo en la sociedad a un nivel individual. Welch cierra el “estado de la cuestión” mostrando las falencias de estas visiones anteriores, incluyendo, además, un análisis de las falsas concepciones que se tienen sobre el concepto de “propaganda”. Su propósito, entonces, queda claro: intentar hacer un estudio más completo sobre el tema, unificando las intenciones y métodos propagandísticos del gobierno nazi con lo que se sabe sobre la reacción del pueblo ante esta propaganda.

Finalizando, Welch intenta aclarar las dos grandes ideas erróneas que se tienen sobre la propaganda. La primera, es la idea de que la propaganda no es más que persuasión, no sirviendo sino para cambiar ideas y actitudes. Para Welch, esta tiene una intención más: cuando las ideas y actitudes ya se encuentran latentes en el individuo, la propaganda es utilizada para reforzarlas, refinarlas y enfocarlas, así el individuo puede reafirmarse en ellas. La otra idea errónea de la que habla Welch es la creencia en que la propaganda se basa en mentiras, con un aura de maldad y de subliminal que atacan de forma negativa al individuo. En lo que concierne a esta última, creo que Welch está siendo demasiado benevolente con las intenciones y finalidades de la propaganda: él afirma que “it operates with many different kinds of truth ­—the outright lie, the half truth, the truth out of context[4]. Para mí, esto no es más que mentira y falsedad tergiversadas y maquilladas. Por más de que parezcan verdad, esto no significa que lo sean. También estoy en contra de la idea de que “in any body politic, propaganda is not, as is often supposed, a malignant growth, but is an essential part of the whole political process”[5]. Welch está afirmando que, debido a que la propaganda siempre ha sido una herramienta básica para la política, eso quiere decir que es esencial y no necesariamente maligna. Pero, porque la propaganda y la persuasión al público siempre han sido fundamentales para la política, esto no significa que siempre tenga que seguir siendo así; que un mal tenga mil años no lo hace bueno, simplemente es un mal que nadie ha querido o no ha podido eliminar. Yo estoy de acuerdo en que la propaganda no está necesariamente dirigida hacia un final maligno y perverso, ya que hay grandes políticos (muy buenos desde mi punto de vista personal como Barack Obama o Antanas Mockus) que han crecido y se han reforzado gracias a la propaganda política, pero el inconveniente está en que las masas no están siendo convencidas por los argumentos o ideas del político (que puede ser genial o malvado), sino por la imagen que él da de sí mismo. Por esta razón, la gente está tomando decisiones propias pero por el motivo equivocado: no deciden porque crean en el político, sino porque creen en su imagen, que no es necesariamente lo mismo.

The Conquest of the Masses

En este capítulo, Welch se centra en el análisis de la teoría propagandística desarrollada por Hitler en Mein Kampf [6], haciendo un resumen del desarrollo de la propaganda nazi desde los comienzos del partido hasta la llegada de Hitler a la cancillería en 1933. Es importante el énfasis que hace el autor sobre la falsa concepción de la propaganda nazi como meras “técnicas de persuasión”, haciendo un cierto caso omiso a la realidad política, social y económica en Alemania, ya que esta realidad fue fundamental para el crecimiento del NSDAP entre 1928 y 1932[7]: el fracaso de la República de Weimar, incrementado por la Gran Depresión llegada en 1929, llevó a que la población alemana se sintiese inconforme con las medidas tomadas por el gobierno para solucionar los grandísimos problemas del país. Así, entonces, la propaganda nazi lo que hizo fue apoyarse en esta desilusión ya existente en la población para reafirmar su inconformismo y acercarla al partido.

El análisis de la percepción de Hitler sobre la propaganda es muy interesante ya que deja las bases para comprender el desarrollo posterior de la propaganda nazi bajo el control de Goebbels. Hay cuatro características fundamentales de la propaganda consideradas como fundamentales por Hitler: la primera, y yo pensaría que la más importante, es que la propaganda debe estar dirigida a las masas, no a los intelectuales ni al individuo, sino al pueblo sin rostro y con poca educación. Por esta razón, debe ser simple, repetitiva y basada en el énfasis emocional, centrándose en crear sentimientos de Amor y Odio que son los más profundos desde el punto de vista del psicoanálisis de Freud.

Welch luego hace un resumen del desarrollo de la propaganda nazi desde los comienzos del partido hasta 1933 cuando se toman el poder. Hace hincapié en la importancia de la llegada de Goebbels y cómo él abrió el campo de acción de la propaganda del partido para que pudiese llegar a las masas. Los medios principales, en este periodo inicial, fueron los diarios que comenzó a editar el partido. El método principal de propaganda se centró en la crítica agresiva a aquello que sentían como inapropiado en el país (sobre todo el sistema Weimar y los judíos), comenzando a utilizar estos dos chivos expiatorios como vehículo para el comienzo del desarrollo del “mito del Führer”.

Un factor al que hace referencia Welch que fue fundamental para que el partido pudiese conseguir el apoyo suficiente para tomar el poder fue el haber logrado dar una imagen que les permitiera aparentar representar a una amplia gama de grupos económicos y sociales, cosa que ningún otro partido político hizo. Goebbels se dedicaba a analizar los inconformismos y quejas de la sociedad, para así poder desarrollar una campaña propagandística acorde con los deseos de la gente. De esta manera, se puede ver la versatilidad del NSDAP, el cual, más que un proyecto y un programa político, lo que tenía era un par de críticas ideológicas fundamentales en las cuales se basaba y desde ahí en adelante se amoldaba a lo que las masas buscaran. Con esto, queda confirmada la primera de las afirmaciones hechas por Welch en lo que concierne a las ideas erróneas que se tienen comúnmente sobre la propaganda: no siempre se utiliza para cambiar las ideas y actitudes de la sociedad, sino que también fue fuertemente utilizada para reafirmar las propias creencias de las masas, vinculando estas ideas con el partido y con el Führer y así poder conquistar sus consciencias.

Goebbels as a Propagandist

En este corto capítulo, Welch mira detenidamente a la figura de Goebbels, analizando su visión de la Propaganda y cuál fue su función para el Estado, comparándola y relacionándola con las ideas de propagandística desarrolladas por Hitler en Mein Kampf. La gran diferencia entre Hitler y Goebbels que define el autor, y la cual permite tener una visión más profunda de la mente de ambos hombres, es que Hitler veía la Propaganda como un instrumento importante hasta el momento en que el Partido llegara al poder. De ese momento en adelante la propaganda era secundaria ya que con la libertad legislativa y la fuerza de armas se podía censurar, reprimir e instaurar el Terror hacia todos aquellos que no siguieran los ideales del régimen. Goebbels, en cambio, creía que la Propaganda seguía siendo igual de importante luego de tener el poder, ya que permitía mantener los altos niveles de moral en la población y ayudar a la movilización de las masas. A pesar de que Welch no lo dice literalmente, quedan claras las diferencias de ambos hombres en la percepción de la relación entre el Estado y el pueblo: Hitler siente que al llegar al poder puede prescindir del pueblo para concentrarse en sus metas ideológicas, mientras que Goebbels tiene una visión mucho más social y populista, creyendo en la necesidad de mantener felices a las masas, así sea una felicidad falsa, ya que ellos son quienes trabajan, quienes luchan y quienes mantienen al Partido en el poder. Una frase de Goebbels, citada por Welch, deja clara la división ideológica entre el Ministro de Propaganda y el Führer: “It may be a good thing to possess power that rests on arms. But it is better and more gratifying to win and hold the heart of the people[8].

También es interesante el resumen de las influencias de Goebbels, donde aclara la importancia que tiene para Goebbels el inconsciente en los actos conscientes del ser humano, inspirándose en Gustave Le Bon y basándose en las teorías psicoanalíticas de Freud que fueron fundamentales para el desarrollo de la publicidad, la propaganda y las relaciones públicas en el siglo XX.

Restructuring the means of communication

En este capítulo, como indica su título, Welch se adentra en el análisis de cómo Goebbels y el NSDAP se dedicaron a reestructurar por completo la relación entre la comunicación, la cultura y el Estado. En los dos primeros apartados[9] estudia la creación del Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda, su organización burocrática interna (con figuras y esquemas) y los fines fundamentales que se propuso el gobierno con la instauración de este ministerio. Me parece valioso el hecho de que Welch, además de utilizar y citar constantemente los propios escritos y discursos de Hitler y Goebbels, ha introducido un anexo con los documentos y discursos completos de fuente primaria (realizados y firmados por Hitler y/o Goebbels) que permiten corroborar los datos dados por el autor, dándole al análisis, además, un guiño de ironía, introducida por la contraposición entre lo que decía y creía el partido nazi y su aplicación práctica.  Esto se deja ver en el apartado dedicado a la Cámara de Cultura del Reich, en el cual muestra la imposición de una cultura alemana vigilada por el gobierno y cómo la libertad artística se elimina por completo en pos de una cultura completamente acorde con los ideales del Estado, quemando libros “indecentes o inapropiados”, segregando al arte que no haya sido creado por la raza aria e, incluso, prohibiendo la reseña crítica del arte cultivado y aprobado por la Cámara de Cultura. Es interesante cómo Welch introduce pequeñas notas o comentarios dentro del texto en busca de un efecto de ironía trágica de los ideales culturales del nazismo. Como en el momento de describir la quema de libros, cuando el autor hace alusión al hecho de que en alguna de las páginas de los libros quemándose en Mayo de 1933 había unos versos de Heinrich Heine que decían “Where books are burnt, in the end people are also burnt[10].

En lo que queda de esta parte del libro, Welch se adentra en el camino hacia el control absoluto de cada uno de los medios de comunicación más importantes (radio, prensa y el cine). Son tres capítulos casi exclusivamente informativos, centrándose en las fechas, los cambios de poderes y las estadísticas del crecimiento de los medios de comunicación bajo el poder del NSDAP. Estas partes funcionan casi sólo para dar noticia del desarrollo de estos medios de comunicación y del crecimiento institucional de cada una de las Cámaras encargadas de ellos, pero sin profundizar sobre los métodos propagandísticos utilizados en cada una de las ramas. Sólo al final de capítulo sobre el cine[11] hace alusión a las ideas propagandísticas de Goebbels detrás de la producción cinematográfica. Acá regresa a analizar cómo era vista la propaganda y cuál era su finalidad en el Partido. Goebbels era un ferviente seguidor de las teorías sobre el inconsciente de Sigmund Freud, razón por la cual creía que la propaganda introducida casi subliminalmente dentro del arte, era mucho más útil que la que buscaba enaltecer las ideologías nazis explícitamente, como sucedía en gran cantidad de la propaganda política del cine propagandístico, en la radio y sobre todo en la prensa: “the moment a person is conscious of propaganda, propaganda becomes ineffective[12].

Me parece también relevante el hecho de que Welch introduce trozos de diferentes discursos de Hitler o Goebbels dirigidos a los representantes de las grandes cadenas de radio, a los representantes de la prensa y a los grandes productores de cine. En estos, siguiendo su percepción de la necesidad de adaptación de la propaganda a las circunstancias y al público, declaran a cada uno de estos grupos (claramente por separado) como el fundamento para la movilización de las masas en el Estado. Hitler, dirigiéndose a los representantes de la prensa en Múnich dice “we have actually obtained 10 million men with over 100,000 square kilometres of territory through propaganda in the service of an idea[13]; mientras que Goebbels dirigiéndose al personal de la radio alemana dice “you have in your hands the most modern instrument in existence for influencing the masses. […] the instrument that you play on as sovereign masters of public opinion[14]; de la misma forma alabante del medio, se dirige a las grandes productoras de cine alemán hablando del Acorazado Potemkin diciendo “a work of art can be tendentious, and even the worst kind of ideas can be propagated, if this is being done by an outstanding work of art[15].

Lo dicho anteriormente me parece de lo más interesante en estos tres apartados sobre los medios de comunicación: no cómo estos medios son utilizados para la propaganda política nazi dirigida hacia las masas, sino cómo los discursos de Hitler y Goebbels también funcionan como propaganda y como medio de persuasión a estos representantes de los medios de comunicación fundamentales para el Estado.

Propaganda and Public Opinion, 1933-9

Lo primero a lo que quiero hacer alusión es al brillantísimo uso del epígrafe, con el cual Welch introduce los diferentes temas del libro. Todos cumplen con su labor de atraer inmediatamente al lector y, de alguna manera, de encerrar en poquísimas palabras la gran tesis de aquello que va a desarrollar después. En el capítulo “The Conquest of the Masses”  utiliza una frase del Mein Kampf de Hitler, donde alude a la importancia del conocimiento psicológico del hombre para la propaganda; en el capítulo “Goebbels as Propagandist” utiliza una frase de Goebbels que trae a la mente inmediatamente a Maquiavelo (“El fin justifica los medios”) diciendo “In propaganda as in love, anything is permisible  which is succesful”, epígrafe que permite comprender todo el pensamiento de Goebbels sobre la propaganda en una sola línea; en el epígrafe de este capítulo, Welch deja un aire de ambigüedad con una cita de Émile de Jean-Jacques Rousseau en la que dice que la dominación es servil cuando está sostenida por la opinión, porque así el poder se vuelve dependiente de los prejuicios de aquellos a quienes se gobierna. Es interesante porque, al igual que el contenido del capítulo, Welch está ubicando al lector en el otro lado de la balanza: ya no se verán los ideales propagandísticos del partido nazi, sino la realidad detrás de ellos; qué pensaba el pueblo al ser golpeado por las oleadas de propaganda.

Al igual que en los demás capítulos, Welch hace un resumen introductorio de lo que va a tratar antes de adentrarse en detalles. Hace alusión a las falencias en el estudio de la propaganda del Tercer Reich desde el punto de vista del pueblo y de la poca información objetiva sobre este tema. Deja claro que el gran fuerte de la propaganda nazi fue el hecho de reforzar ideas ya latentes en las mentes de los ciudadanos, mientras que al insertar un nuevo sistema de valores o al encontrarse con resistencia no funcionaba tan bien. Hace alusión a los tres fundamentos de la revolución nazi: el control legal sobre el sistema legislativo y jurídico, la policía, el ejército y el servicio civil; el terror y la coerción para reprimir cualquier intento de oposición; y, como último, la Propaganda y la Ilustración en busca de reestructurar los valores del pueblo alemán. Así, enumera los tres grandes temas en los que se basó el nazismo para la reeducación del pueblo, basándose en los ideales del Völkisch (populismo) romántico: la comunidad nacional; la pureza racial que incluye la creación de un enemigo; y la mitificación del líder carismático. Estos serán los tres temas que se desarrollarán a fondo más tarde.

En todo este capítulo sobre la opinión pública, me parece relevante el uso que le da Welch a las fuentes de la oposición al nazismo contemporáneas a los sucesos, como la Sopade (el Partido Socialdemócrata Alemán en el exilio) y escritores como Stephen Roberts, quien vivió la Alemania nazi y la observó con la mayor objetividad posible. Estos análisis tienen gran valor debido a que prescinden de los prejuicios de sus propias ideas sobre el régimen nazi en pos de crear una visión objetiva de la situación de la población alemana en la época y, así, permitiéndole al lector tener algunas de las fuentes más valiosas en lo que concierne a la respuesta de la población al Partido Nazi.

Cabe resaltar la gran organización temática y estructural del texto. En el apartado sobre “la comunidad nacional” comienza dando un repaso histórico del desarrollo y aplicación de este concepto en la propaganda del régimen, dejando claros los eslóganes fundamentales y las ideologías detrás de ellos (“Ein Volk, ein Reich, ein Führer!”) que buscan unificar a la comunidad y destruir el conflicto y la división de clases económicas y laborales. Deja clara la reestructuración necesaria (eliminación de los sindicatos, creación de un sindicato laboral único) en busca de este ideal unitario. Luego se adentra en el análisis detallado de dos grupos sociales, su relación con el régimen y su respuesta a la propaganda: la clase trabajadora industrial y la juventud alemana, ubicándolos como los dos polos opuestos de la respuesta popular ante el intento nazi de unificación nacional. Es muy organizado en su discurso, comenzando por la teoría propagandística y los medios por los cuales el régimen intentaba concientizar a la clase trabajadora industrial de la importancia de “la comunidad nacional”, haciendo énfasis en los dos conceptos fundamentales para la implementación de estos ideales: “Schönheit der Arbeit” (La Belleza del Trabajo) y “Kraft durch Freude” (Solidez per medio de la Alegría), analizando los valores laborales que intentaban introducirse en los trabajadores por medio de la propaganda.

Luego de haber visto qué buscaba el régimen y cómo intentaba conseguirlo, el autor se centra en la respuesta de la clase trabajadora a estos intentos de unificación social. Welch, como en el resto del texto, es bastante neutral en sus conclusiones, por lo cual intenta encontrar siempre los puntos medios en todo debate. Concluye con que, a pesar de que la propagando no logró su cometido de verdaderamente “unificar a la nación”, sí consiguió mantener un apoyo pasivo de la población, la cual no creía fervientemente en “la comunidad nacional” pero que tampoco se negó a apoyarla, razón por la cual lograron crear una especie de status quo en el que algunos creían, otros no creían pero sin esto generar ningún conflicto relevante, ni un verdadero cambio. Esta conclusión tímida y neutral es efectiva debido a que permite ver la situación sin ningún fanatismo que la afecte, pero, por otro lado, puede ser que Welch, por buscar esa conclusión intermedia y neutral, le esté dando demasiado valor a las minorías no-conformistas y pasivas, las cuales, a final de cuentas, no cumplieron ningún rol activo en contra del sistema, razón por la cual no generaron ningún cambio valioso digno de resaltar.

En el caso de las juventudes alemanas sí parece que Welch toma una actitud más decisiva, inclinándose por el éxito, casi absoluto, de la propaganda sobre los jóvenes. Al igual que en el tema anterior, comienza introduciendo la teoría educativa nazi, luego hace un resumen rápido por la historia e implementación de la educación nacional-socialista y del Hitlerjugend (Juventud con Hitler) para luego pasar a analizar a los minúsculos grupos juveniles inconformistas (pero que no actuaron activamente en contra del régimen) y a la respuesta positiva de la juventud ante los ideales del nazismo.

En el siguiente apartado, el autor analiza la idea de “la necesidad de pureza racial” dividiéndola en dos campañas propagandísticas diferentes: “la campaña de eutanasia” y “el problema judío”. Comienza analizando la teoría ideológica en la cual se basa Hitler (la necesidad de una raza pura y el concepto de “Blut und Boden”, Sangre y Tierra) que intenta concientizar a la gente de la relación intrínseca entre la nación y la raza aria, haciendo alusión a los valores, a la moral y a los mitos del pasado alemán, en busca de una unificación entre el pasado orgulloso y el progreso del presente en pos de un futuro impecable en términos de raza y del espacio vital (Lebensraum) necesario para que esta raza se establezca.

En lo que concierne a “la campaña de eutanasia”, Welch analiza el desarrollo histórico de este concepto dentro del Tercer Reich para luego centrarse en la respuesta pública (sobre todo de la Iglesia Católica) frente a la campaña para la destrucción del “alemán débil”. Es interesante ver cómo el autor estudia la respuesta de cada uno de los grupos sociales en relación con este proyecto, haciendo énfasis en el valiosísimo valor de los pocos activistas opositores y de las comunidades internacionales que ayudaron a que el pueblo en general se levantara en contra de estas prácticas inhumanas, obligando a Hitler a poner el proyecto en pausa indefinida y actuando de maneras más sutiles. Pero un punto fundamental, con el cual Welch concluye el apartado, es la referencia al deseo de gran parte de la población alemana de entregar su responsabilidad de decisión al Estado y las consecuencias morales y religiosas que estas decisiones pudieron tener al lavarse las manos de la responsabilidad.

En el apartado sobre “La Cuestión Judía”, la organización estructural es mucho más caótica que en los anteriores. Hace un repaso de la teoría en la cual se basó la propaganda antisemita, oponiendo esta teoría a la condición verdadera del pueblo judío en Alemania. Luego hace un repaso del desarrollo histórico de esta propaganda, haciendo alusión a la respuesta popular en cada una de las etapas y analizando los medios por los cuales se introdujo o se fortaleció el anti-semitismo en la población, haciendo referencia a las limitaciones de la propaganda en este tema y centrándose en el análisis de la temática y respuesta popular del y al cine antes de la Segunda Guerra Mundial. Finaliza el capítulo con un repaso histórico de la “solución a la cuestión judía” (exterminación en masa) y abre el debate a las responsabilidades de la población ante el genocidio.

La teoría sobre “La cuestión judía” es corta y concisa. Deja clara la necesidad que tenía el régimen de desarrollar un odio hacia un enemigo común que permitiese crear una diversión a los problemas sociales y económicos del país, utilizando a los judíos como un chivo expiatorio al que se  le otorgó toda la responsabilidad de los males de Alemania. Es interesante cómo Welch luego opone esta teoría de conspiración judía a la realidad económica y demográfica del pueblo judío en Alemania, haciendo alusión al pequeñísimo porcentaje poblacional judío y a su casi inexistente hegemonía económica en comparación con los alemanes.

En el análisis del cine propagandístico antisemita, Welch da la impresión de que esa fue casi la única forma en la que el régimen introdujo el tema antisemita a la población ya que a duras penas analiza la propaganda judía en otros medios de comunicación (casi la mitad de las páginas de este capítulo están dedicadas al cine). No analiza los discursos antisemitas de Himmler y Hitler y tampoco hace alusión a la importancia que tuvo la educación infantil y juvenil en este tema.

En lo que concierne al repaso histórico del desarrollo de la “solución final al problema judío”, me parece que se extiende demasiado en la narración histórica de los hechos, alejándose del tema en concreto como si en todo trabajo que estudie alguna de las cuestiones del régimen nazi fuese obligatorio hacer alusión a los métodos de exterminio y a las cifras de judíos muertos. Me parece que en el tema específico de este libro (propaganda) la inclusión de datos históricos debe cernirse a lo que concierne a aquel tema, sin necesidad de divagar en otros que a pesar de ser fundamentales para la historia general, tienen muy poco interés académico desde el punto de vista de la propaganda.

A pesar de esto, me parece valioso cómo Welch reintroduce los debates que había expuesto en la introducción, en los cuales reabre la pregunta sobre la responsabilidad del genocidio, analizando la culpabilidad de la población en general. Welch afirma que la propaganda fue fundamental para la efervescencia del antisemitismo pero que, a la vez, hubo un límite que la propaganda no pudo sobrepasar, sin significar esto que no haya cumplido su cometido. Es interesante la visión que toma Welch para el desarrollo de esta idea, afirmando que el odio antisemita de la preguerra fue suficiente para que, durante el exterminio, se desarrollara entre la población alemana una indiferencia ante el problema judío que dio cabida al genocidio. Welch cita una frase del académico Ian Kershaw que abarca perfectamente todo el contenido fundamental de “la cuestión judía”: “the road to Auschwitz was built by hate, but paved with indifference[16], es decir, el régimen y su propaganda, que reforzaron las ideas antisemitas de la población, sí fueron fundamentales para que el genocidio pudiese desarrollarse, pero igual importancia tuvo la indiferencia del pueblo alemán ante los actos.

En el último apartado de este capítulo, sobre el “Mito de Hitler”, Welch analiza los orígenes del símbolo del Führer, estudia la reestructuración judicial y política necesaria para la imposición de esta figura y su justificación semireligiosa. Luego hace un análisis de la imagen de Hitler, tanto emitida por la propaganda como recibida por el pueblo, para finalizar haciendo un balance, otra vez, de los límites de la propaganda y del valor siempre superior de la realidad.

Es muy valioso el estudio de las raíces del concepto del Führer ya que con este Welch aclara y permite entender de mejor manera la facilidad con la que Hitler unificó el poder bajo su persona con la aceptación emotiva de la población. El Führerprinzip es visto como “a mystical figure embodying and guiding the nation’s destiny[17], basado en el principio mesiánico del cristianismo, los reyes taumatúrgicos de la Edad Media y el concepto del “superhombre” de Nietzsche, los cuales, unificados, llevan a la mitificación de una personalidad superior debido a su “voluntad de poder” (Nietzsche) que le permite reunir el destino del pueblo alemán bajo su imagen. El desarrollo histórico de la toma del poder de Hitler se centra en las fechas y leyes en las cuales el poder, poco a poco, se desplaza del Estado al Führer. Dentro de esta descripción, es importante el hecho de que Welch hace énfasis en que la entrega del poder absoluto a Hitler no fue tan justificada legal-racionalmente, sino más bien en términos de carisma y méritos vitales. Welch afirma que, en teoría, la Constitución Weimar se mantuvo, al igual que el viejo orden social y el poder de la clase dominante, lo único que cambió fue que en la punta de la pirámide se localizó al Führer sin que necesariamente el resto de la estructura se hubiese destruido legalmente.

En lo que concierne a la imagen de Hitler, el autor afirma que él (y su mitificación) fueron el elemento fundamental que “unificó” a la nación y que mantuvo al pueblo apoyando al régimen a pesar de la adversidad. Su imagen se había convertido en un símbolo pseudo-religioso que logró mantener la fe del pueblo en él y en sus ideas pero no necesariamente en el Partido. Esto se logró, según Welch, exclusivamente por medio de la propaganda, con la cual Goebbels logró separar la imagen de Hitler de la del Partido y de las consecuencias del día a día, para que el deterioro de la popularidad de estas últimas no afectara la confianza en el símbolo superior del Führer. Se podría comparar esta división con la fe cristiana en Jesús: a pesar de que la iglesia (o iglesias) hayan tomado decisiones incorrectas haciéndole mal a la población, la imagen de Jesús sigue siendo la misma en ojos del cristiano, ya que él no tiene la culpa de que sus enseñanzas se hayan ido por un mal camino. Claramente, y en esto hace gran énfasis Welch, el mito de Hitler no logra, y no logró, mantenerse únicamente por medio de la persuasión propagandística; “without concrete achievements Hitler could not have sustained his positive image as Führer[18]. Welch apoya esta teoría en los datos dados por la Sopade, los cuales afirman que hasta la batalla de Stalingrado Hitler logró mantener su imagen positiva gracias a la reducción del desempleo y sus políticas exteriores victoriosas. La “recuperación territorial” sin necesidad de lucha entre 1936 y 1938 y luego la suerte de encadenar grandes victorias territoriales hasta 1941 fueron fundamentales para que Hitler se mantuviera mitificado en los ojos del pueblo. Esta idea del valor de los logros para la imagen de Hitler, es argumentada por Welch con la catástrofe de Stalingrado y el consecuente rechazo de Hitler a dirigirse a la población que llevaron a que la imagen del Führer cayera radicalmente. Goebbels intentó revivir la imagen positiva comparándolo con un Federico el Grande, finalmente victorioso a pesar de la adversidad, pero la realidad era demasiado cruda con las tropas rusas ocupando territorio alemán como para que el mito pudiese sobrevivir a tal fracaso.

Nazi Propaganda at war, 1939-45

Es fundamental hacer referencia a la manera en la que Welch analiza la propaganda durante la guerra. Deja claro que, a pesar de que hubo propaganda constantemente desde 1939 hasta la caída del régimen a veces con resultados positivos y a veces con negativos, el hecho es que la propaganda es débil e innecesaria si no hay una realidad en la que pueda apoyarse. El análisis que hace de la propaganda durante las diferentes etapas de la guerra (Blitzkrieg, Operación Barbarossa, Guerra Total y la retirada) permite ver claramente los diferentes métodos, las diferentes campañas propagandísticas y la respuesta popular a estas campañas en cada uno de los momentos cruciales.

En el primer apartado, Welch se centra en la época de auge y las grandes victorias alemanas desde 1939 hasta 1941 con la llegada de los grandes fracasos en Gran Bretaña. Acá, el autor hace un repaso de los principales medios de comunicación utilizados por la propaganda en esta primera etapa de la guerra, centrándose en el estudio de los noticiarios y el cine documental, terminando con la propaganda dirigida a incitar el odio al enemigo. Hay dos puntos claves que quedan claros de este apartado: la necesidad que tenía el régimen de reafirmar el sentimiento de seguridad en el pueblo por medio de la propaganda y la necesidad de victorias bélicas y conquistas territoriales que apoyaran a esta propaganda. De esto se deduce una de las conclusiones fundamentales del texto de Welch: que, a pesar de que la propaganda sirvió para reafirmar y focalizar a las masas, tuvo muy poca fuerza cuando no estaba soportada por una realidad que lograse darles fe. Es decir, la propaganda en muy pocos casos logró inventar nuevos deseos y creencias que no fuesen acordes con la realidad política y social que vivía el país; Hitler y Goebbels creyeron que el pueblo era más tonto de lo que en realidad era, pensando que podrían tapar el sol con un dedo, pero cuando los fracasos en la guerra comenzaron a llegar no hubo pancarta, noticiario o mensaje en la radio que pudiese sacar la desilusión de los corazones de los alemanes. De este apartado me parece oportuno resaltar la introducción de fragmentos de guiones de cine, de canciones y de poesía, que le permiten al lector juzgar de una forma más cercana la propaganda utilizada por el régimen para ensalzar el orgullo patrio y la incitación a una actitud bélica en el pueblo alemán.

Hablando sobre la propaganda durante la campaña en Rusia (Operación Barbarossa), el autor hace un repaso histórico del desarrollo de la ideología anticomunista desde 1924 hasta Stalingrado en 1942. Se centra en las épocas en las cuales el Partido Nazi tuvo que cambiar radicalmente su posición frente a la Unión Soviética debido a los giros diplomáticos entre los dos países, llevando a lo que puede considerarse como fundamental para Welch en este tema: la inconsistencia de la propaganda anti-bolchevique y su consiguiente incapacidad para convencer a las masas de la necesidad de entrar en guerra con Stalin.

Como en todo este capítulo, Welch se centra en enfatizar en el hecho de que el Ministerio de Propaganda nunca logró convencer a la población alemana de que la situación era de una manera distinta a lo que la realidad aparentaba ser. En relación con los bolcheviques, esto se debe, por un lado, al cambio constante de posición del Estado frente a la población rusa; y, por otro lado, a la realidad de la guerra y al hecho de que el pueblo alemán conocía de primera mano a los rusos y sabía que la imagen que daba el Partido Nazi de ellos no concordaba con la realidad. La credibilidad del Partido, y por primera vez, la credibilidad del mismo Hitler comenzaron a decaer radicalmente luego de la larga y desesperanzadora campaña en territorios rusos que terminó con el fracaso de Stalingrado. Al final, Goebbels tuvo que dar un giro de ciento ochenta grados a su propaganda: Eliminó el ilusionismo, se hizo franco y puso la realidad sobre la mesa intentando levantar la moral y la esperanza de las masas.

Se genera entonces un cambio radical en el foco de la propaganda nazi, la cual, desde ese momento en adelante, se concentrará en el reforzamiento de la moral del pueblo en busca de un apoyo total para lo que queda de la guerra. Welch se adentra en uno de los puntos que mejor conocemos de la propaganda política de hoy en día (tomando como ejemplo el gobierno estadounidense de George W. Bush y su lucha contra el terrorismo): la inculcación del miedo. El Estado por sí solo no tiene nada que ofrecerle a la población, razón por la cual se ve en la obligación de infundir el terror de una posible destrucción total para que el pueblo sienta la necesidad de comprometerse totalmente con la causa bélica. Este tema es considerado por Welch como uno de los mayores logros propagandísticos de Goebbels, consiguiendo el apoyo ciego y absoluto de la población por medio del terror. Este parecería ser el único caso en el que las masas siguieron al Estado a pesar de la realidad desastrosa que se les venía encima.

El final del capítulo analiza el último par de años del régimen nazi y cómo, poco a poco, la realidad pasa por encima de los castillos de humo construidos por el Ministerio de Propaganda. Sin nada más por ofrecer a las masas desilusionadas, y con bombas inglesas cayendo constantemente en territorio alemán, Hitler se resigna a intentar elevar su popularidad por medio de la promesa de retaliación (Vergeltung) que nunca llegará. Con el avance de las tropas aliadas hacia Berlín por todos los frentes, Hitler, el ejército alemán y la propaganda se colocan a la defensiva. Ya no quedaba nada por hacer y no había palabras o imágenes suficientemente dulces para suavizar la amarga realidad: Hitler y Goebbels se suicidan en su búnker de idealismo, intentando evadir la realidad que les caía del cielo.


[1] Welch, D., The Third Reich. Politics and Propaganda, Routledge, Londres, 2002.

[2] Todos los datos del autor han sido tomados de su biografía en la página de la Universidad de Kent:

http://www.kent.ac.uk/history/staff/profiles/welch.html.

[3] Welch, Ibíd., p. 3.

[4] Ibid., p. 5.

[5] Ibid., p. 6.

[6] Capítulo VI: Propaganda de Guerra.

[7] Votos por el NSDAP en 1928, 2,6%; 1930, 18,3%; 1932, 37,3%. Cifras dadas por Welch, Ibíd., p. 9.

[8] Citado en Ibid., p. 25. De un discurso al Mitin del Partido en Nuremberg en 1934.

[9] The Ministry for Popular Enlightment and Propaganda y The Reich Chamber of Culture, pp. 28-38.

[10] Citado en Ibid., p. 35.

[11] Ibid., pp. 56-7.

[12] Citado en Ibid., p. 57. Del Diario de Goebbels, entrada del 1 de Mayo de 1942.

[13] Citado en Ibid., p. 48. En la Conferencia de Múnich, 10 de Noviembre de 1938.

[14]Citado en Ibid., p. 39. En la Haus des Rundfunks, 25 de Marzo de 1933.

[15] Ibid., p. 186. Del discurso de Goebbels en Kaiserhof, 28 de Marzo de 1933.

[16] Citado en Ibid., p. 107.

[17] Ibidem.

[18] Ibid., p. 115.

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