Tolerancia y Evangelización

 

El tema de la tolerancia (o intolerancia) interreligiosa ha sido desde la antigüedad más remota una llama encendida que incluso hoy no ha logrado apagarse. “Creencias religiosas, políticas y fútbol -decía mi abuelo- son los tres temas que no deben discutirse en la mesa”.  Esto se debe a que estos son los temas en los que el ser humano tiende a ser más obtinado e intransigente. Cuesta trabajo y madurez aprender a respetar las ideas y creencias de los otros; y cuesta más trabajo y más madurez aún, aprender a permitir a los demás practicar sus creencias propias sin interferir ni intentar convertirlas.

A pesar de que nuestra burbuja de creencias occidentalizadas nos lo haga difícil de creer, el islam ha sido (al menos entre las religiones abrahámicas) la más tolerante con las otras dos (judaísmo y cristianismo) a lo largo de la historia. Durante la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, mientras que los reinos europeos expulsaban a los judíos y a los musulmanes de sus tierras, mientras mataban a los herejes y declaraban el principio del cuius regio eius religio (como parte de los consensos de la Paz de Augsburgo en 1555), el imperio otomano abrigaba bajo su ala a todos los ciudadanos de sus territorios conquistados (no islámicos) permitiéndoles mantener su fe, sus prácticas y sus tradiciones. Dice Bernard Lewis en su texto “Los Imperios de la Pólvora”[1] que las naciones cristianas de los territorios conquistados por los otomanos lograron mantenerse vivas a pesar de haber estado bajo poder islámico por más de trescientos años. Definitivamente no se puede afirmar lo mismo de la cultura musulmana en tierras católicas: tómese como ejemplo la desaparición de la cultura mozárabe de la península Ibérica.

Incluso hoy en día, a pesar de que parezca lo contrario, el islam y los gobiernos islámicos (haciendo a un lado algunas excepciones), siguen manteniendo su tolerancia hacia las demás creencias más o menos de la misma manera de como lo hacían hace quinientos años. El cristianismo y judaísmo, al contrario, han variado sus políticas constantemente. Esto se debe a que en el islam la tolerancia religiosa no depende de decisiones y caprichos laicos, sino que está definida por la Ley Sagrada y es esta la que rige los actos humanos y no al contrario. “Para los musulmanes, el cómo tratar a los que profesan otra religion no es un asunto de opinion o de eleccion, de interpretaciones y juicios cambiantes según las circunstancias. Se basa en los textos sagrados y legales, es decir, en los preceptos santos y en la Ley Sagrada”[2].

Siguiendo las ideas de la sharia, debido a que el cristianismo y judaísmo son religiones precursoras del islam, poseedoras de una revelación divina verdadera, sus creyentes deben tener el derecho y la libertad de practicar y seguir sus preceptos religiosos, aunque no encajen con aquellos del islam. La heterogenidad religiosa es comprendida y tolerada por el Corán: “si Dios hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”[3]. El islam ha obligado y/o presionado a la conversión sólo a los creyentes de las religiones no-abrahámicas, pero los judíos y cristianos a lo largo de la historia se han visto librados de la presión conversora musulmana.

¿Por qué, entonces, el cristianismo tiene esa tendencia irrefrenable hacia la intolerancia religiosa? Parecería que el cristianismo es tolerante y respetuoso hacia las otras religiones, debido a la libertad religiosa que se practica hoy en día en la gran mayoría de las democracias liberales con mayoría poblacional cristiana. Pero esta relación entre tolerancia y cristianismo es un error metonímico ya que no son las instituciones eclesiásticas, sino los gobiernos laicos los que toleran (en cierta medida) la libertad religiosa. Las instituciones cristianas tienen la tendencia a no tolerar nada más que sus propias creencias. Quizás esto no se vea reflejado en el mundo contemporáneo con expulsiones y maltratos (dejando a un lado el fanatismo religioso de ultraderecha que está renaciendo en las últimas décadas), pero sí se ve en el afán de intentar convertir a los fieles de otras religiones al cristianismo.

Véase el ejemplo de la Iglesia Protestante en Argel. En el año 2011, el gobierno argelino reconoció finalmente a la Iglesia protestante como una institución legal, debido a la gran cantidad de cristianos protestantes en la ciudad. Pero la Iglesia Protestante de Argel no quedó conforme con que estuviesen reconocidos y se les permitiera ejercer legalmente; ellos lo que quieren es evangelizar a quienes no formaran parte de ella y esto está condenado por la ley en aquel país. Sucede lo mismo en Marruecos, donde la ley protege la absoluta libertad de practicar la propia fe, pero prohibe la intención de convertir a los otros a su propia religión. A pesar de que teóricamente no deberían existir tales leyes, mientras existan intolerantes que estén intentandole lavar el cerebro a sus vecinos hacia la conversión, es prudente que exista una norma que proteja a los creyentes en su propia religión. “Vosotros tenéis vuestra religión y yo la mía”[4], se dice en el Corán; ¿por qué será tan complicado aceptar un precepto tan sencillo? ¿De dónde sale esta obsesión cristiana de no tolerar, no respetar y no aceptar creencias distintas a la propia, intentando, en cualquier oportunidad que tiene, convertir a todas aquellas personas que ya están cómodas con sus propias creencias?


[1] Lewis, B. El Oriente Próximo. Dos mil años de historia, Editorial Crítica, Barcelona, pp. 117-135.

[2] Lewis, B., Las identidades múltiples de Oriente Medio, Editorial Siglo XXI, p. 116.

[3] Corán, 11:118; 16:23; 42: 8.

[4] El Corán, 109:6.

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