La realidad total de un pequeño pueblo inexistente (Análisis de Macondo)

 

Macondo es un estado de ánimo”, le dijo alguna vez García Márquez a Plinio Apuleyo. Sin tener ningún conocimiento sobre el tema, sería imposible deducir que se está hablando de una ciudad; lo único que podría pasar por la cabeza es que Macondo es un sentimiento. Llega a la mente, entonces, una frase hecha muy común en Colombia que utiliza (de la misma manera que García Márquez) un lugar para representar un sentimiento: “Vivo en el Limbo”. Vivir en el Limbo (en esta acepción dialectal) es estar en la soledad absoluta; es encontrarse emocionalmente en un lugar que lo abarca todo pero que a la vez no es nada; es estar atrapado en un reloj que da vueltas y vueltas sobre sí mismo, repitiendo incesantemente su rotación sin llegar nunca a ningún final; es existir en la inexistencia. Y eso es precisamente Macondo: la inexistencia, la soledad retratada en forma de lugar. “La soledad está en Macondo desde su misma creación, en su aislamiento físico. La soledad es Macondo” (Méndez-Faith, s.a: 135).

Gabriel García Márquez creó la aldea de Macondo en su primera novela La hojarasca (1955), en la cual dejó plasmadas las características básicas de este pueblo tropical: “calor obsesivo, lluvias torrenciales, viento, polvo y humedad agobiantes” (Ibid,: 127). Pero esta pequeña aldea que se esfuma como backround en la primera novela del autor, comienza a desenvolverse poco a poco, mostrándose cada vez más completa. Como en su libro de relatos Los funerales de la Mamá Grande (1962), donde Macondo deja de ser solamente un pueblo caliente y solitario, para abrirse a una nueva dimensión: la mágica[1]. Pero no será hasta 1967, cuando publica su obra maestra, Cien años de soledad, que Macondo deja de tener una historia parcial e indefinida, como fichas sueltas de un rompecabezas, para convertirse en “la historia completa de un mundo desde su origen hasta su desaparición” (Vargas Llosa, 2007: XXVII).

La razón por la cual García Márquez elige el nombre de Macondo aún se mantiene en debate general. Se han encontrado muchas etimologías que pueden llevar a muchas partes distintas y que pueden, a la vez, complementarse o inducir diferentes interpretaciones[2]. Pero, yendo directamente a la fuente, García Márquez dice que “el nombre de Macondo lo había escuchado por primera vez como a los cinco años en el comisariato de la United Fruit Company” (Saldívar, 2005: 106). Este Macondo real era una finca bananera muy cercana al pueblo natal del escritor (Aracataca), y la descripción geográfica[3] que da en Cien años de soledad concuerda perfectamente con la ubicación real de la finca bananera en el mapa. Por esta razón, muchos críticos (como Méndez-Faith) sugieren que Macondo es “la transposición poética de la realidad” como diría García Márquez; es decir, Macondo es Aracataca. Pero el campo de acción se va expandiendo: Arrington Jr. ve a Macondo “basado en la realidad americana” (s.a: 63); o expandiéndose más aún, hasta llegar a “la aldea universal” (Saldívar, 2005: 260) porque “Macondo sintetiza y refleja (al tiempo que niega) a la realidad real: su historia condensa la historia humana” (Vargas Llosa, 2007: XXX).

Pero no es hasta que se desvincula a este pequeño pueblo y a sus personajes de toda relación con la realidad tangible, que se puede ver más su verdadera esencia; “Macondo no es Aracataca” (Ivanovici, 2008: 87), la realidad total que pasa por las calles inexistentes de esta aldea, sólo se percibe claramente al definirla por sí misma; al verla como un Uróboros que se come la cola infinitamente y que comienza donde acaba, encerrando toda su ontología en su propia existencia. Los personajes de Cien años de soledad no están en un lugar, al igual que el lugar no está en ningún sitio; sólo son. La historia de Macondo y la de sus personajes es un círculo cerrado, Cien años de soledad muestra el nacimiento, desarrollo y muerte de Macondo y de todo el universo incluido dentro de este, y, por esta razón, no puede haber nada de Macondo fuera de Macondo.

 

En Cien años de soledad, García Márquez plasma la historia completa de Macondo y de cada uno de los personajes. Relata desde el génesis hasta el apocalipsis del pueblo y de sus ciudadanos, y esto se debe a que “ambas entidades nacen, florecen y mueren juntas” (Vargas Llosa, 2007: XXVIII). Para Ivanovici (2008), en Cien años de soledad hay cinco fases fundamentales que marcan el desarrollo de Macondo y las cuales están íntimamente relacionadas con las cinco “Edades del Hombre” de Hesíodo.

Primero, la fundación cosmogónica de Macondo, la cual relaciona Ivanovici con la “Edad de Oro”: aunque exista un mundo exterior a Macondo que ya lleva milenios existiendo, se puede considerar que su mundo propio comienza de cero; como una Edad de Oro paradisíaca anterior al pecado original, “la naturaleza mítica y a la vez tan americana de Macondo, inmerso en un mundo misterioso, totalmente primitivo” (Méndez-Faith, s.a.: 129). La segunda, sería la fundación sociogénica del pueblo, relacionada con la “Edad de Plata”, la cual se caracteriza por el nacimiento de una raza de hombres aún bestial e inmadura; diría Ivanovici, “se origina en un incesto, y un crimen y el primer fundador acaba amarrado a un árbol y sumido en su locura” (2008: 113). El hombre aún no se ha acomodado a la tierra y hasta ahora comienzan a descubrir el universo desde sus principios más básicos: “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (García Márquez, [1967] 2007: 9), y como castigo a su inmadurez, llegan las plagas y las pestes[4], de las cuales no se librarán hasta llegar encontrar la armonía dentro de la sociedad.

El tercer estado por el que pasa Macondo, es por las edades de Bronce y de los Héroes, las cuales llegan con los descubrimientos y luego con las guerras. José Arcadio Buendía, como representante de todas las mentes científicas de la humanidad, comienza a descubrir todos los pequeños detalles del universo sólo con sus propias investigaciones, como sería cuando cae en cuenta de que la tierra es redonda[5], o cuando decide construir las casa de hielo para escapar del calor, o al intenta encontrar oro por medio del magnetismo: la sociedad comienza de cero. El hombre descubre el comercio, luego las armas y la necesidad de luchar por el honor, y con el honor llegan las guerras, hasta que llega un momento en que “los antiguos habitantes de Macondo se levantaban temprano a conocer su propio pueblo” (García Márquez, 2007: 262) porque con el comercio llegaron los forasteros; y con los forasteros, la compañía bananera norteamericana; y con la compañía bananera, llega la Edad de Hierro; la edad de trabajar sin fin.

En ese momento ya nada puede volver a ser igual que antes: las épocas armónicas en las cuales los macondianos aún no habían enterrado a ningún muerto, no podrán volver a ser. La llegada de los norteamericanos, con su consiguiente represión y masacre, genera una “cesura trágica” que, como una bola de nieve, comenzará a crecer, hasta llevar al pequeño pueblo paradisíaco a su destrucción absoluta. Al sembrar el banano, se está violando la virginidad de la naturaleza y la inocencia de los aldeanos, y, como predica Hesíodo, la naturaleza, la Edad de Oro destruirán al hombre para regenerar el equilibrio: la naturaleza violada “se venga del hombre, iniciando una era de calamidades (sequía, diluvio…) a cuyo final la cosmogonía derrota a la sociogonía” (Ivanovici, 2008: 119).

El último paso es el regreso al primero; el universo físico y el humano vuelven al caos inicial, “la ciudad de espejos […] sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres” (García Márquez, 2007: 471), Macondo y los macondinos terminan como comenzaron: en la nada absoluta de la soledad y el olvido.

 

Diciembre, 2009.

Bibliografía

– ARRINGTON Jr., M., (S.F.), “«La viuda de Montiel»: un retrato en miniatura de Macondo”, en HERNÁNDEZ DE LÓPEZ, A., En el punto de mira: Gabriel García Márquez, Editorial Pliegos, Madrid 1985.

– GARCÍA MÁRQUEZ, G., (1967), Cien años de Soledad, Real Academia Española, Madrid 2007.

– IVANOVICI, V., (2008), Gabriel García Márquez y su Reino de Macondo, Sial Editores, Madrid.

– MÉNDEZ-FAITH, T., (S.F.), “Aracataca re-visitada: Génesis y significación de Macondo”, en HERNÁNDEZ DE LÓPEZ, A., En el punto de mira: Gabriel García Márquez, Editorial Pliegos, Madrid 1985.

– SALDÍVAR, D., (2005), García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía., Editorial ABC, Madrid.

– VARGAS LLOSA, M., (S.F.) “García Márquez: de Aracataca a Macondo”, en FLORES Á. y SILVA R., La novela hispanoamericana actual: Compilación de ensayos críticos, Editorial Las Américas, Nueva York 1971.

–  —―—, (2007), “Cien años de soledad. Realidad total, novela total”, en GARCÍA MÁRQUEZ, G., Cien años de soledad, Real Academia Española, Madrid 2007.

 

 


[1] “Macondo resulta ser ahora, no sólo un territorio agobiado por el mal, los zancudos, el calor, el hambre, la violencia política y la inercia, sino, también, escenario de sucesos inexplicables y maravillosos” (Vargas Llosa. s.a: 169).

[2] La palabra “viene del África centro-oriental, de la lengua milenaria de los bantúes: macondo es […] el nombre del plátano o banano en dicha lengua y que los bantúes traducen como «alimento del diablo»”, luego pasa a designar una especie de árbol abundante en la región del Magdalena (Colombia), un juego de dados y más tarde una finca bananera cerca de Aracataca (Saldívar. 2005: 107).

[3] “hacia el oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha […], al sur estaban los pantanos, […] y el vasto universo de la ciénaga grande” (García. [1967] 2007: 19).

[4] Por ejemplo, la peste del insomnio que cae sobre todos los ciudadanos de Macondo, llevándolos a la pérdida de la memoria (García Márquez, 2007: 56-62).

[5] “les reveló su descubrimiento:

”— la tierra es redonda como una naranja.” (García, [1967] 2007: 13).

 

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