René Descartes – Pruebas de la existencia de Dios y otros temas

 

 

Meditando Meditaciones

Es inevitable caer en un torbellino de reflexiones personales luego de haberle dedicado algunas horas a los delirios metafísicos del Discurso del método y de las Meditaciones metafísicas de René Descartes. La primera pregunta que surge (y la cual debería surgir más reiteradamente) es sobre la realidad del uno mismo: del ego. Hoy en día, esta palabra se utiliza casi exclusivamente para denotar exceso de autoestima, teniendo únicamente una consecuencia social y, quizás, una cirugía plástica. Pero, aunque parezca inaudito, ego solía significar ‘yo’; no ‘exceso de yo’, sino simplemente ‘yo’. Y cuando alguien reflexionaba sobre el ego, no lo hacía bajo el dilema de si cortarse el cabello al estilo Paris Hilton o Britney Spears; sino intentando descubrir quién era él en sí mismo (y no comparándose con una estrella de Hollywood). El ego era individual y privado, y se encontraba por medio de la dialéctica consigo mismo y no con un televisor.

Este estilo de meditaciones dio grandes frutos en la primavera de la época moderna. Muchos filósofos, como René Descartes o Michel de Montaigne, centraron su método de conocimiento y sus teorías ontológicas basándose en este “yo”. Montaigne, por un lado, basó el descubrimiento de sí mismo en el exhaustivo examen de cada uno de los detalles de su existencia: no sólo analizándose emocional y racionalmente, sino también desde cada una de sus afecciones físicas (su dieta, sus costumbres, su escatología, etc.). Descartes fue por un camino diferente (incluso el contrario): en vez de estudiar minuciosamente cada detalle de su ser entero, decidió negar por completo su existencia física, cotidiana y empírica para focalizarse en encontrar la esencia primera de su ser.

Así comienza el autoanálisis cartesiano: no por la suma de todo lo que soy (como Montaigne), sino por la eliminación de todo lo que no estoy seguro si soy. Haciendo esta exhaustiva resta, Descartes termina desechando el mundo exterior y sensible (incluido su cuerpo y su lugar en el espacio) porque lo único necesario para negar algo es que dé un motivo de duda y, siendo que los sentidos lo han engañado muchas veces, haciéndole creer falacias como realidades, entonces Descartes se encuentra con que lo único que puede afirmar es que existe. Y ¿por qué existe? Por el simple hecho de afirmar que existe está dando prueba de su existencia; es decir, Descartes sabe que existe por el hecho de pensar que existe.

La reticencia de Descartes hacia los sentidos no es originalmente suya; parece haber sido heredada de las concepciones del cuerpo y el alma de Platón. Descartes duda de los sentidos porque, luego de haberlos analizado, ha caído en cuenta de que no puede estar completamente seguro de si lo que percibe es real. Ejemplifica esta duda con la íntima relación entre sueño y vigilia. Dice que al soñar que se está sentado con un pijama de lana junto a la chimenea, se siente el calor del fuego, se ve sentado y ve su pijama, y no tiene conciencia alguna de que ese lugar, ese cuerpo y ese fuego que ve y siente no son reales. A veces son tan reales (y a veces incluso más reales) que las sensaciones producidas en la vigilia, por lo cual si se duda de la realidad de una, se debe dudar de la realidad de ambas porque no hay ninguna manera de saber seguramente si lo que se aprecia por medio de los sentidos es verdadero o falso. Es por esta razón (la duda), que Descartes decide eliminar (al menos temporalmente) los sentidos y todo conocimiento que pueda llegar por medio de ellos, para poder encontrar su primer principio y su verdad.

En este desprecio cartesiano al conocimiento brindado por los sentidos, se puede percibir la influencia de la doctrina platónica en el filósofo francés. Aunque por métodos distintos, Descartes termina llegando a conclusiones muy similares a las del “Mito de la Caverna” de Platón: para ambos, el hecho de vivir concentrados en lo que los sentidos indican lleva a una visión del mundo hecho de sombras vagas y ambiguas, es decir que, para lograr llegar a un conocimiento verdadero, hay que girar los ojos (los ojos de la razón, no los sensibles) hacia lo que se conoce fuera de los sentidos; hay que dejar lo sensorial a un lado para poder salir de la caverna y conocer la verdadera realidad.

Pero, aunque parezca que en Descartes se está negando por completo la realidad de lo sensible, en realidad lo que está haciendo es adjudicar esas percepciones sensoriales al gobierno del pensamiento. En otras palabras, es posible que lo que se ve, se toca, se oye y se huele no sea un hecho tangible y exterior al ser, pero eso no significa que no exista, porque el ser en realidad sí siente, ve, oye y huele ya no con los sentidos exteriores, sino con la mente: al soñar que se está tocando un erizo, aunque en realidad no haya un erizo frente al soñante, este sí está sintiendo con la mente el contacto con el erizo, por lo que se puede deducir que es un sentimiento verdadero.

En este punto es donde Descartes aclara sus creencias sobre el hecho de imaginar y de sentir. Aunque en un primer momento los haya utilizado como ejemplos de lo que se debe dudar por su esencia engañosa, al final los acepta como actos verdaderos dentro del propio cogito. En lo que concierne a la imaginación da el ejemplo de los locos, quienes se imaginan ser algo que (corpóreamente) no son; como el rey que creía estar vestido cuando en realidad estaba desnudo. La imaginación, en este primer momento, lleva a percibir cosas que no existen. Pero, a pesar de que lo que uno se imagine no sea cierto exteriormente, el acto de imaginar sí es un hecho irrefutable; lo que se imagina no es (como ente exterior), pero sí existe como parte de la imaginación. Lo mismo sucede con los sentidos, ejemplificado en lo percibido en los sueños: aunque estos le permitan al hombre darse cuenta de lo engañosa que es la realidad sensorial exterior; la sensación del calor y la sensación de los pies sobre la tierra sí es real aunque el acto físico no lo sea. Por ende, por más de que lo sensible exterior no exista, lo que se siente sí es absolutamente real, así sea sólo un efecto mental. Esto se reafirmaría con las investigaciones hechas, muchos años más tarde, en los pacientes con neurosis o con esquizofrenia, a quienes su propia psiquis les desarrolla estímulos sensoriales sin una causa (física) exterior.

Descartes, junto con los forjadores de la ciencia moderna (Galileo, Copérnico, Kepler), comenzó, o mejor, redescubrió lo engañosas que pueden llegar a ser las concepciones tradicionales de la vida y “el sentido común” forjado por la física aristotélica: se dio cuenta de que lo fundamental en el ser humano no está necesariamente en todo aquello que va desde los ojos hacia afuera, es decir, en la apariencia; sino en lo que está adentro (no necesariamente la escatología de Montaigne), en la sinapsis, en la reflexión, en la búsqueda de sí mismo dentro de sí mismo, y no en la búsqueda de sí mismo en lo ajeno.


One thought on “René Descartes – Pruebas de la existencia de Dios y otros temas

  1. Nicolás, estamos editando un libro y nos interesaría emplear este dibujo. Tu nombre entraría en los crédtios. Por favor, si quieres más detalles escribe a la dirección de correo que te indico:

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