La payasada del Holocausto

(el concepto de “La banalidad del mal” en Hanna Arendt)


El concepto de “la banalidad del mal” (the Banality of Evil) fue acuñado por la filósofa alemana Hanna Arendt por primera vez en una serie de artículos en The New Yorker que luego se publicarían en forma de libro, Eichmann in Jerusalem, en 1963. Con este concepto, Arendt tiene la intención de “destruir la leyenda sobre la grandeza del mal” con el fin de colocarlo donde debe estar: en el abandono al ridículo. Ella afirma que el mal “no tiene profundidad, ni nada de demoníaco”[1] y es precisamente esa falta de profundidad, es decir, su carácter superfluo y banal lo que lo hace tan dañino y peligroso: “Evil comes from failure to think[2]. La concepción clásica del mal con monstruos y demonios, se desmoronaba en el momento en que Hanna Arendt conoció a Adolf Eichmann en su juicio en Jerusalén. El mal perdía su profundidad, perdía su radicalidad kantiana; se hacía simplemente banal.

Una aclaración muy importante para el concepto de “la banalidad del mal” es que, que un acto (o un hombre) sea superficial y banal no significa que sus consecuencias sean superficiales y banales. Eso es precisamente lo temible del mal banal: que es superfluo, que no tiene valor ni profundidad de convicción; es un mal frío y puramente sistematizado.

Es por esto que es tan difícil aceptar la idea de un mal banal: a la víctima se le ha quitado todo su valor; una persona ha muerto sin ninguna razón de fondo que intente argumentarlo. No hay un “diablo” a quien culpar, no hay un “mal” en su sentido más literal al cual condenar. La víctima ha caído en las manos de “un fulano cualquiera” que ni conocía, ni sentía nada por sus actos. Así queda aplicada la idea platónica de que es más peligroso un ignorante que un mentiroso: es mucho más peligroso alguien que no sabe qué está haciendo, porque actúa sin convicción, quitándole todo el valor al acto.

Entonces, el gran modelo que para Arendt ejemplifica perfectamente el concepto de “banalidad del mal” es el susodicho Adolf Eichmann, profesional en “asuntos judíos” y encargado de la emigración forzada para la Schutzstaffel nazi. Para Arendt, este hombre ni siquiera era siniestro; él era simplemente un burócrata mediocre sin capacidad de reflexión que seguía ciegamente las reglas establecidas por el régimen Nazi sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Eichmann se consideraba a sí mismo un simple peón, una oveja. No podía vivir sin un líder, no podía vivir sin seguir órdenes porque no tenía la capacidad de afrontar una vida individual, sin un grupo que lo guiara y le dijera qué debía hacer. Él se unió a la S.S. simplemente porque se le abrió la oportunidad; nunca había leído el Mein Kampf de Hitler ni conocía los ideales del partido Nazi. Al preguntársele por qué había ingresado a la S.S., Eichmann responde: “Why not? That was how it had happened, and that was about all there was to it[3]. No tenía ideales, no tenía intenciones macabras, simplemente quería seguir una carrera profesional que le permitiese llegar a ser alguien, sin importarle qué carrera era o qué debía hacer para conseguir lo que deseaba. Arendt hace referencia a la inhabilidad comunicativa de Eichmann como ejemplo de su falta de raciocinio. Hablaba de cliché en cliché, no tenía la capacidad para formular una oración propia y, cuando lo lograba, la utilizaba hasta volverla un cliché.

En Los orígenes del totalitarismo, Hanna Arendt, aunque no lo dice explícitamente, deja claro uno de los fundamentos claves del concepto de “banalidad del mal”. La banalidad del mal se desarrolla con la “normalización” de los actos malvados, degradantes e indecibles por medio de la sistematización del acto. El mal no se produce por satisfacer deseos sádicos, sino con la misma frialdad con que se producen electrodomésticos en masa. Pero, ¿cómo se logra actuar de tal manera frente a otro ser humano sin sentir nada? Esto puede considerarse otro punto importante: desde el punto de vista de la víctima, se logra por medio de la eliminación de su persona moral, jurídica e individual: “el sistema logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo”[4]. El individuo se ha hecho superfluo, se le ha quitado todo su valor humano para poder tratarlo como un objeto, quitándole el valor a su muerte.

El ejecutor también sufre una transformación importante. Se destruye en él su capacidad para formar convicciones aparte de aquellas que dicta la norma. Se vacía la mente de todo pensamiento reflexivo, haciendo que no tenga capacidad de imaginación o deducción. Se crea al perfecto burócrata que no piensa en su labor sino que simplemente la cumple ciegamente. La realidad humana se desaparece para el ejecutor, este sólo trata con la razón lógica que domina la ideología. Eichmann ejemplifica perfectamente este tipo de burócrata del crimen que no piensa por sí mismo y sigue las órdenes ciegamente. Eichmann, en palabras de su abogado, “feels guilty before God, not before the law[5]: lo que él hizo, en el momento en que lo hizo, no era más que “actos de Estado”. Él estaba siguiendo lo que la ley le exigía y su labor era obedecer aquella ley. Dice Arendt que su ceguera mental le hubiera permitido matar a su propio padre si hubiese recibido la orden de hacerlo. Él no se consideraba nada más que un “law-abiding citizen” y seguía las órdenes de Hitler sin preguntar ni reflexionar sobre sus consecuencias simplemente porque estaba cumpliendo con lo que se le pedía, y sentía que hubiese tenido problemas de conciencia si, al contrario, no hubiese cumplido con las órdenes exigidas.

Siguiendo el análisis de Los orígenes del totalitarismo, Eichmann es un ejemplo perfecto este tipo de persona a la cual el régimen Nazi le había lavado el cerebro, haciéndolo vivir en el mundo de mentiras y decepciones de la Alemania Nazi. Le habían quitado la necesidad de sentir; había una nueva ley en Alemania basada en la voz de Hitler y todo lo que Eichmann hacía, lo hacía simplemente como un buen ciudadano, nada más. Es interesante la alusión que hace Eichmann a que seguía siempre los preceptos morales de la filosofía de Kant y, aunque conocía la frase de memoria (“el principio de mis actos debe poder ser utilizado como principio de leyes generales”) la aplicaba al contrario (“actúa como si el principio de tus acciones fuese igual al del legislador o la ley”): el llamado “imperativo categórico del Tercer Reich”.

Dice Arendt que costaba mucho trabajo tomarse a Eichmann en serio porque parecía como una caricatura más que un ser humano, “everybody could see that this man was not a “monster”, but it was difficult indeed not to suspect that he was a clown[6]. Y eso es la banalidad del mal: el destino del pueblo judío en manos de un simple payaso.


[1] Arendt, H., “Carta a Gerhard Scholem” en Lo que quiero es comprender, Editorial Trotta, Madrid 2005, p. 34.

[2] Elon, A., “Introduction” en Arendt, H., Eichmann in Jerusalem, Penguin Books, New York 2006, p. xiv.

[3] Cita tomada de Arendt, H., Eichmann in Jerusalem, Penguin Books, New York 2006, p. 33.

[4] Arendt, H., Los orígenes del totalitarismo. 3. Totalitarismo, Alianza Editorial, Madrid 2003, p. 676.

[5] Cita tomada de Arendt, H., Eichmann in Jerusalem, p. 21.

[6] Ibíd., p. 54.

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