Colombia: de la nada al Nadaísmo

Introducción: La era del grito

La mañana del 20 de Febrero de 1909, se escuchó por todo París un grito ensordecedor  que hizo levantarse de la cama a todo aquel que aún estaba durmiendo. Parecía la llegada de una peste. Los cándidos parroquianos de los periódicos matutinos iban al kiosco más cercano de su casa para comprar la edición de Le Figaro como todas las mañanas. Pero al momento de abrirlo se desataba la histeria. Un alarido aterrador se impregnaba en las bocas de todo quien lo leía. Unos gritaban que sí, otros que no, pero al final todos gritaban anunciando la llegada de la epidemia. Y no fue hasta que se tomaron el primer café au lait y se quitaron las lagañas de los ojos, que se dieron cuenta de que no era una peste la que producía tales alaridos. Bueno, sí era una peste, pero no precisamente en sus cuerpos: el autor de tan magna estupefacción y de tan aturdidora gritería por los Champs Elysées no era más que el primer manifiesto futurista escrito por un joven poeta italiano afrancesado llamado Filippo Tommaso Marinetti.

Toda esta historia era sólo para mostrar lo fuerte que gritan los parisinos: tan fuerte gritan, que un par de meses más tarde se comenzaba a oír el eco de ese grito del 20 de Febrero de 1909 por las calles latinoamericanas. Lo oyeron en Nicaragua, en Brasil, en Perú, en Argentina y hasta en Chile ya se oían esos gritos franceses traducidos al español por las revistas culturales de la época. Y a ese grito producido por el manifiesto de Marinetti se unieron otros suscitados por los Calligrammes de Apollinaire y por los cuadros de Picasso. Todo el mundo gritaba: desde Europa le gritaban a América, los americanos le gritaban a Europa; unos esperaban los gritos con el viento, otros se los traían en barco desde el otro lado del océano; los viejos gritaban que no, los jóvenes gritaban que sí; “El grito” de Edvard Munch había sido solo un esbozo de lo que fue esa gritería.

Y fueron esos gritos los que llegaron a la alcoba del joven Vicente Huidobro en Santiago de Chile, y este, untado de esos ruidos de ruptura provenientes de todas partes de Europa y América decidió crear su propio grito: el grito creacionista. Y fue un día de algún mes del año 1914 en el cual Vicente gritó en el Ateneo de Santiago su manifiesto Non serviam. El público atónito no supo qué hacer ante los chillidos del joven escritor: era la primera vez que alguien producía su propio grito en Hispanoamérica. Decidieron entonces que lo mejor era seguir aullando para que el grito de su compatriota no quedara en vano. Luego llegó Borges con un grito ultraísta importado de España; los brasileros no se quedaron atrás y también gritaron por su lado; los mexicanos emitían sonidos estridentes desde el norte  que le daban la vuelta a América. Los españoles gritaban su dominio intelectual sobre Hispanoamérica; los hispanoamericanos, con alaridos, se declaraban desligados por completo de la vieja y carcomida madre patria. Todos gritaban un grito nuevo, todos rompían los vidrios del pasado con sus altos decibeles. Pero había una casa que aún no había roto sus ventanas; había una sociedad que se mantenía tejiendo las ropas fúnebres del siglo anterior sin decidirse a terminarlas; había un país estancado en la tradición y en la norma; un país que no había sumado su grito al de sus coetáneos: Colombia se había quedado por fuera de la vanguardia.

Pero no puede ser posible que la época del gran auge de la rebelión juvenil contra su pasado cultural no hubiese golpeado a Colombia en algún sentido; no puede ser verdad que no hayan existido movimientos literarios librepensantes e inconformes con la situación artística de su país que hayan decidido generar un cambio; no puede ser cierto que existiera un gobierno opresor tan fuerte que lograse silenciar las necesidades de ruptura de su pueblo; no puede ser cierto.

En el caso de Colombia, aunque mirándolo desde unas dimensiones mucho más pequeñas, sí se generó una búsqueda de ruptura; sí se generaron movimientos en pos de un cambio que, aunque no pudieron ser vistos en Hispanoamérica o mundialmente, examinados desde la situación política, social y cultural del propio país sí generaron una serie de pequeños sismos en el sistema, los cuales poco a poco fueron creciendo hasta generar el apocalipsis para el antiguo régimen artístico. Bueno… un pequeño apocalipsis. Digamos un apocalipsis con solo un jinete.

El ambiente cultural colombiano de principios del siglo XX estaba dominado por un arte absolutamente conservador y normativo. El partido político de derecha tenía un control total sobre el gobierno y la literatura, ahogando la mente del pueblo con una visión tradicional y pasatista que cubría toda la atmosfera social del país. Luis Tejada hablaría de esto en un artículo del periódico El Espectador en 1922: “Este país es esencialmente conservador en todos los aspectos de su vida pero singularmente en lo que se refiere a la literatura”[1]. La literatura era manejada por el gobierno; los escritores de la época eran el grupo de los “Centenaristas”, movimiento que le hacía honor al centenario de la independencia del país, y “donde se reunieron varios de los más pulcros cavernícolas que país alguno haya ofrecido jamás”[2]. Estos abogaban un culto a la firmeza estética y ética en el arte, siguiendo los parámetros de la educación moral impuestos por el gobierno.

El trabajo educativo del gobierno buscaba generar en el país el desarrollo de un español perfecto: sin neologismos, atado a la lengua tradicional de la península, absolutamente normativo y sin rupturas de la regla. Y lo lograron; crearon el español considerado como el más ortodoxo no sólo entre los hispanoamericanos, sino también incluyendo a los de España. Y fue esta pureza del lenguaje la que creó una barrera intraspasable para la poética colombiana: mientras que en la península Ibérica y en América se desmenuzaba el español manipulando su morfología y sintaxis, creando neologismos y destruyendo sus normas; en Colombia la literatura seguía siendo clásica en todos los sentidos. Todo estaba escrito con un español normativo y académico que pocos poetas se atrevieron a pasar por alto: las estructuras del pasado, los sonetos y las métricas clásicas, no salían de la cabeza de los escritores colombianos. La imposición por parte del gobierno y de los educadores de enseñar un español puro y correcto llevaría a una tradición de uniformidad, de pureza y de compostura gramatical que al quedar tan impregnada en la cultura y en la mente de los ciudadanos, luego romperla sería un trabajo muy difícil.

Los sembradores de discordia

Se puede considerar a la revista Pánida, fundada en Medellín en 1915, como la primera búsqueda de ruptura en la literatura colombiana. Y no es que este grupo de los “13 pánidas” haya creado innovaciones en el ámbito artístico del país; en realidad “los pánidas” no generaron ningún cambio literario digno de ser resaltado. El verdadero aporte que le dio la revista al mundo cultural colombiano fue haber dado a conocer la figura de León de Greiff. Él le mostró al país una manera de ver y expresar la vida distinta de cómo era percibida por sus escritores coetáneos. Aunque su poesía estaba embriagada de simbolismo y de una clase de modernismo muy particular, sus imágenes y su música eran únicamente suyas; sus originales ritmos, burlones e irónicos, rompían con todo lo que la literatura colombiana había establecido. Mostró una indudable voluntad de trasformación estética y ética para un país absolutamente tradicionalista y conservador.

En la poesía de Greiff, se puede encontrar la mezcla de la indomable búsqueda de cambio, unida a sus particulares ritmos saltones, a sus cultismos decimonónicos sacados del español campesino colombiano y a una fuerte atracción hacia el modernismo y al simbolismo, mostrando en ellos su innovación, pero manteniéndose siempre agarrado por alguna parte a las tradiciones pasadas. A veces su forma es nueva, a veces el contenido es innovador, pero siempre se siente en el fondo de su lírica un ambiente que no logra liberarse de las ataduras del pasado.

En 1917 el centro de expresión intelectual en Colombia pasó a ser Barranquilla. Esta ciudad costera acoge a la revista Voces, y a su “Grupo de Barranquilla” liderado por el legendario librero catalán Ramón Vinyes. Durante los últimos años de la década de 1910, Voces reunió en sus páginas a los más importantes poetas de Latinoamérica y Europa; mostró su interés por el vanguardismo siendo una de las primeras revistas en América en dar noticia de las vanguardias en el viejo continente (futurismo, cubismo); y todo esto lo hizo con una actitud mucho más agresiva y polémica que la mostrada por los “paisas” de Pánida. Pero no creó vanguardia propia, no generó ninguna forma de arte nuevo; en realidad más que “Voces” lo que fundaron fue “ecos”; un altavoz para dar a conocer las rupturas artísticas en el exterior, pero nunca las rupturas propias, ya que no generaron ninguna.

El antioqueño Luis Tejada, cronista y ensayista, llegó a Bogotá en 1920 a darle vida a una nueva generación en la literatura colombiana. Llegó para untar a los jóvenes de la capital con sus filosofías comunistas, con sus creencias destructoras de todo el orden establecido anteriormente. Con él como maestro, comenzaron a formarse tácitamente los escritores colombianos que generarían controversia años más tarde:

“En aquel ambiente del Windsor, al lado de los hacendados y los negociantes comenzó a aparecer un nuevo tipo de hombres. Empezaron a ocupar diariamente las mesitas, sin acuerdo previo, sin una reunión anterior por medio de la cual se declarara fundada con estatutos y reglamento, la nueva generación colombiana. Iban apareciendo allí nuevas caras, trayendo el aporte de su propio mensaje, y sin saberse cómo ni cuándo quedó establecida una nueva generación colombiana, sin mensajes ni manifiesto al país, movida indudablemente por la misma fuerza espontánea que le quitaba al país su cáscara del siglo XIX y lo incorporaba, al transformarlo en el XX.”[5]

De ahí salieron los “Arquilókidas”, quienes representaron el primer intento colectivo de ejercicio pleno de libre examen y el más vigoroso rechazo estético y ético a todo el arte que precedía a la nueva generación literaria en Colombia.

Extraña darse cuenta de la poca importancia que se le ha dado a este grupo entre las “vanguardias” en Colombia, ya que en realidad los “Arquilókidas” pueden considerarse fundamentales para el desarrollo intelectual de los movimientos  futuros.

El diario El Sol de Bogotá fue el que acogió los escritos “arquilókidos” al comenzar el grupo, para luego pasar a publicar sus críticas en el periódico La República. Aunque no tuvieron el alcance, ni la fuerza de la vanguardia en Europa o el resto de Latinoamérica; y aunque no hubo entre ellos una figura fuerte y cosmopolita que los llevara a la fama internacional, los “Arquilókidas” sí compartieron las características típicas de los vanguardistas de la época: “el rechazo a la tradición y la consecuente exaltación de lo original y lo nuevo; la oposición a la institución del Arte como signo de normatividad y autoriarismo”[6]. Fue el primer grupo en Colombia que rechazó fuerte y abiertamente al mundo intelectual dominante; atacaron sin misericordia a la generación “centenarista” y a su culto de la firmeza estética y ética en el arte.

En 1922 encontraron en el periódico La República el lugar desde donde podían poner sus gritos para causar el mayor estruendo posible en la sociedad. Su comportamiento belicoso y agresivo se asimila mucho a la actitud beligerante de los futuristas de Marinetti: el antipasatismo absoluto, la negación de toda la literatura anterior a ellos y la violencia e irreverencia con la cual mostraban y expresaban sus ideas eran de la misma índole de las manifestaciones futuristas. Dedicaron su trabajo a destruir el pasado a base de insultos y señalamientos, porque no creían posible “tratar a nuestra barbarie literaria con vocablos cariñosos”[7]. Atacaron todo y a todos los que no les agradaban con una actitud humillante y ofensiva. Entre sus artículos publicados en La República, escribieron uno con la lista de personalidades de la cultura colombiana que querían degollar y ahorcar, entre las que colgaban a políticos, poetas, novelistas, críticos… A todo aquel que tuviese aires de vejez y de norma.

Pero no fue hasta la publicación de su carta a la Academia Colombiana de la Lengua Española que la derecha del país no se levantó a detenerlos:

Los Arquilókidas a la Academia

Bogotá, 26 de Junio de 1922

Señor secretario de la Academia Colombiana de la Lengua Española.

Presente.

Habiendo emprendido este grupo la grata labor de limpiar el agro intelectual de amorreos, cananeos y filisteos, y sabiendo, por referencias, que ese cuerpo conserva los más célebres fósiles, agradeceríamos a usted nos enviara una lista de tan “ilustres desconocidos”. Tiene esta solicitud el objeto de conocer los nombres de los individuos que componen ese asilo de inválidos mentales, muchos de los cuales serán empalados y estrangulados sin misericordia.

Tenemos noticia de que todos estos señores, ancianos austeros pero miopes, cuya labor literaria ignora el país, son académicos tan sólo por su edad bíblica. Ya lo había dicho Anatole France, en una célebre isla se mata a los ancianos, nosotros los hacemos académicos.

De usted respetuosamente,

Los Arquilókidas”[8]

Fueron escritos de la talla de este los que llevaron a los grandes educadores morales del país, como el pedagogo Agustín Nieto Caballero o el escritor “centenarista” Tomás Rueda Vargas, a levantarse en contra de la actitud beligerante e irrespetuosa de esos jóvenes rebeldes. Y aunque estos intentaron defender su actitud sísmica apoyándose en su filósofo de cabecera, Arquíloco, no pudieron resistir el peso que les ponía el gobierno y tuvieron que volver al silencio eterno, no criticando nunca más a la cultura conservadora colombiana.

Aunque su época bélica no duró sino los meses de junio y julio de 1922, el paso dado por Luis Tejada y sus “arquilókidas” no quedó en vano. En medio de esa sobriedad artística que se vivía en Colombia en la década de los 20, Tejada hablaba de la necesidad de cambio, de novedad, criticando la actitud estática de sus coetáneos:

“Nadie experimenta aquí la inquietud del porvenir, ni siquiera del presente. Todos son inmunes a los gérmenes de la renovación, y preferimos encerrarnos en la contemplación del pasado antes de adoptar una actitud de simpatía activa, incorporándonos a la agitada vida que transcurre fuera, uniéndonos por algún hilo vital al mundo conmovido y maravilloso que va en marcha hacia adelante.”[9]

Estas fueron las palabras que llegaron a los oídos de jóvenes rebeldes y bohemios en busca de crear un futuro mejor como Alberto y Felipe Lleras Camargo, Rafael Maya y Luis Vidales. Y estos jóvenes, junto a algunos veteranos cansados de vivir en el pasado, entre los que estaba León de Greiff, Jorge Zalamea y Germán Arciniegas,  decidieron generar un medio de ruptura con el mundo cultural colombiano del “Centenario”, creando una revista y un movimiento que estuvieran acordes con el mundo artístico de la época. Y el 6 de junio de 1925 publicaron el primer número de su revista Los Nuevos:

“Todo pide una restauración de los principios. Hay que proclamar de nuevo la tabla de los valores intelectuales y morales.

A ello van los NUEVOS, animados de la mejor buena voluntad. Hay valor y hay entusiasmo. No dudamos de que el país acogerá esa labor que sólo obedece a un noble, a un imperioso, a un violento deseo de renovación.”[10]

Pero que un grupo de artistas quisiera crear una vanguardia literaria, no significa que haya logrado crearla. Todos los susodichos querían ser poetas, libertadores, vanguardistas y rebeldes. Pero para ser, se necesita más que simplemente querer y, a decir verdad, “Los Nuevos” no tenían de vanguardistas, ni de libertadores, ni de rebeldes más que el simple deseo de serlo. La crítica en general cataloga y distingue a “Los Nuevos” por su moderantismo literario: no había verdadera lucha, no mostraban un esfuerzo sincero, no se vio en ellos la actitud bélica contra toda tradición cultural que sí se vio reflejada en la literatura y en la crítica de los argentinos o mexicanos coetáneos a ellos. No hubo novedad: “Los Nuevos” irónicamente se mantuvieron fieles al arte viejo; escribían hermosos sonetos y alejandrinos que armonizaban perfectamente con la era en la que vivían sus autores: la baja edad media.

Por otro lado, su capacidad de componer era asombrosa, cada número de la revista Los Nuevos estaba saturada de literatura, páginas y páginas interminables llenas de sus poesías. La gente de la época no podía hacer más que preguntarse todo el tiempo: “¿Será que algún día se cansarán de componer?” Y efectivamente sí se cansaron pronto: habiendo sido publicada la quinta edición de la revista, sus integrantes se dieron cuenta de que en realidad no estaban generando ningún cambio; la única manera de poder considerarse vanguardistas, era comparándose con el “Mester de Clerecía”. El mismo Rafael Maya, uno de los integrantes de estos envejecidos “nuevos”, reconocería esta falla años más tarde:

“Este grupo [Los Nuevos] si bien representó un rompimiento político y literario con los “centenaristas”, permaneció, no obstante, fiel a ciertas escuelas del siglo pasado, como el simbolismo y parnasianismo franceses por una parte, y de otro lado, a la tendencia clásica profundamente modificada por lo que hubo en el modernismo más próximo a esta escuela”[11].

Esta declaración de Maya deja perfectamente clara cuál fue la actitud de “Los Nuevos” ante la creación literaria: su alusión a la influencia del simbolismo, parnasianismo y modernismo en el grupo no es una sorpresa ya que en la época podía considerarse natural la relativa fidelidad a estos movimientos artísticos; lo que sí sorprende es la referencia de Maya a la cercanía de su grupo con el clasicismo. Los movimientos artísticos de la década de los 20 en América, al contrario de “Los Nuevos”, buscaban desarraigarse por completo de la era clásica; burlándose de sus símbolos, desacralizando a sus héroes, destruyendo sus tópicos, deshumanizando sus imágenes; mientras que “Los Nuevos” no hacían otra cosa que rezarle a Zeus por poder vender alguna copia de sus libros, mientras que le pedían a las musas que les permitieran relatar fantásticas historias y mientras su fuente de citas primordial eran el teatro de Sófocles y la historia de Heródoto. No en vano tenía Bogotá la fama de ser “la Atenas de América”.

Entonces “Los Nuevos” no lograron ni romper con la tradición decimonónica, ni con la temática y estilo clásicos; y menor aún fue su liberación de la ortodoxia de la lengua española hablada y escrita en Colombia. Por esto sería una desfachatez considerarlos un verdadero movimiento de vanguardia. Pero lo que sí es cierto, es que dentro del grupo se generaron algunas manifestaciones individuales, y absolutamente aisladas, como fue la excéntrica voz de León de Greiff; la actitud belicosa e irreverente, antes citada, de Luis Tejada; y por último, el único verdadero grito vanguardista que generó Colombia en la época: Luis Vidales y su libro publicado en 1926, Suenan Timbres.

Fue la directa influencia de las nacientes ideas mundialmente esparcidas de renovación: la Revolución Rusa y los ideales de Lenin; las proposiciones artísticas del futurismo, del cubismo, del surrealismo, y del dadaísmo en América y Europa, y toda aquella lucha de la juventud por la ruptura con sus antepasados las que llevaron a Vidales a crear su demoledora obra. Como él diría años más tarde: que había escrito Suenan Timbres por la necesidad que sentía adentro de destruir absolutamente todo: había que romper con lo respetable, con los contratos sociales, con el viejo arte; todo debía quedar reducido a cenizas.

Y lo logró. Su libro causó un sismo total en todo lo que era visto como bueno y respetable en la cultura colombiana. En su libro se veía resaltada la influencia de todas las vanguardias de la época; sus versos eran una aglomeración de todo lo que podría ser considerado  destructor de sociedades y culturas; creó una poesía exenta de clasicismos y casticismos, destruyendo y moldeando a su gusto la lengua, permitiéndose así, expandir sus posibilidades poéticas; haciendo caerse de la silla a toda persona que se atreviera a leer su obra.

Pero fue tan único e individual el esfuerzo hecho por Vidales con Suena Timbres, que hasta sus mismos compañeros de “Los Nuevos” desconfiaron de la radicalidad de su poética. Y suele suceder que los artistas al quedar absolutamente aislados en un mundo que va en contra de ellos terminan quitándose la vida de la manera más romántica posible o gritando aún más fuerte hasta que los oyentes se cansen de tal gritería y lo asesinen de la forma más cruel, convirtiendo así al gritón en un mártir para todo quien busca la libertad de expresión. Y el caso de nuestro trágico héroe no fue ninguno de los anteriores. Luego de Suenan Timbres, Vidales se devolvió en silencio a la “Atenas” tan amada por sus coetáneos. El resto de su obra se mantuvo dentro del “muro”; guardó el martillo destructor de paredes y volvió a la cómoda vida de no tener que luchar y de poder dedicarse a escribir letras que ya habían sido escritas desde que los griegos dominaban la cultura mundial. Al estridente sonido de sus timbres, se le había acabado la batería.

Pero si “Los Nuevos” no lograron ser considerados vanguardistas, los dos grupos que los procedieron menos posibilidades tuvieron de llegar a serlo: en la década de los 30 se formó un grupo conocido como “Piedra y Cielo” en honor al título de la obra homónima de Juan Ramón Jiménez.

No hace falta decir mucho más para darse cuenta de la falta de audacia de este movimiento. Eduardo Carranza y sus “piedracielistas” cometieron el error (vanguardísticamente hablando) de irse no sólo a la España de Juan Ramón Jiménez, sino que, de la mano de este, llegaron hasta la de Góngora y el Siglo de Oro, a buscar allá las soluciones para sus problemas de identidad nacional y literaria. Claramente la identidad nacional y literaria que encontraron en Góngora estaba muy lejos de ser la que necesitaba Colombia para salir de su retraso cultural. Aunque, claro está, para la retrograda vida cultural colombiana sí llegaron a ser el centro de polémica: fueron llamados rebeldes, iconoclastas, destructores de las tradiciones literarias del país. No se sabe qué puede ser más decepcionante: si la falta de verdaderos guerreros artísticos en Colombia o que el pueblo obtuso e inculto llegue a calificarlos como vanguardistas.

Unos años más tarde, cuando el fuego de la polémica de “Piedra y Cielo” se empezaba a apagar, llegó al círculo literario colombiano la revista Cántico. Su líder y máximo pontífice fue Fernando Charry-Lara, quien decidió que era necesario cambiar el Siglo de Oro de los “piedracielistas” por la poesía de Jorge Guillén, de Vicente Aleixandre y de Cernuda. Aunque en comparación con el grupo anterior, la revista Cántico sí mostró una especie de apertura al mundo artístico que se desarrollaba fuera de Bogotá, acercando el surrealismo de Aleixandre a los jóvenes escritores colombianos, se quedó en informar mucho y crear… Y no crear nada. Cántico fue una tribuna puramente informativa, la literatura que había en ella, se distanciaba mucho de ser vanguardista. Se dedicaron a copiar lo que ya estaba hecho y dejaron el trabajo creativo al futuro incierto.

Fue la revista Mito, fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán, la que finalmente le mostró a Colombia los nuevos caminos del arte mundial; “fue una revista que se propuso abrir las compuertas para que la modernidad entrara de lleno en Colombia, nos sacara del provincialismo intelectual y vital y nos pusiera en contacto con la avanzada del mundo”[12]. La revista dedicó sus páginas a mostrarle al país la verdadera cara de la cultura en el planeta; buscó desmitificar a todos aquellos que eran vistos como ejemplos en la literatura colombiana (de ahí viene el nombre de la revista: Mito), destruir la imagen de los “Centenaristas”; corregir los errores cometidos por “Los Nuevos”; y atraer a todos los que escribían en la época, haciéndoles entender que la literatura tenía un campo mucho más amplio que el que la educación literaria del país les podía ofrecer.

Eliminaron los obstáculos de humo que imponía la educación manejada por el Estado, desacralizando el mundo romántico-modernista y destruyendo la retórica clásica que intentaba ponerle límites a la imaginación. Lucharon contra el nacionalismo y regionalismo dominantes en la literatura colombiana, introduciéndole al país el cosmopolitismo que tanta falta le hacía para acercarse a su tiempo. Buscaron concientizar al pueblo de la existencia de estéticas distintas a la belleza tradicional, mostrando las realidades horripilantes, la fealdad, y la obesidad como material nuevo para el artista.

Pero su lucha no se centró sólo en la renovación estética del arte colombiano: su verdadero ideal fue la búsqueda de una renovación ética en la cultura del país. Lucharon por mostrarle a la sociedad las realidades políticas e ideológicas que el Estado no permitía ver; se rebelaron contra la polarización de la cultura a merced de la dictadura; pregonaron la importancia de la libertad de expresión y de la pluralidad de opiniones como la única manera de poder escapar al retraso provincial en el que vivía Colombia, permitiendo crear mundos e ideas distintas de las que imponía el Estado, logrando acercase un poco más a ese lejano mundo contemporáneo que daba vueltas y vueltas alrededor del sol, y que ellos desconocían por completo.

El grupo “Mito” reunió a autores de varias generaciones y con ideales artísticos absolutamente diversos. Recogió a los integrantes del grupo “Cántico”, para integrarlos a un verdadero movimiento; también pasaron por sus páginas textos de escritores de generaciones anteriores, como de Rafael Gutiérrez Girardot, Luis Vidales, León de Greiff, Jorge Zalamea y Luis Tejada, entre otros. Pero la importancia de la revista Mito no se debe a haber recibido a escritores ya conocidos en el ámbito literario colombiano, sino por haberle abierto las puertas a los jóvenes de la época, como al crítico Hernando Valencia Goelkel, Álvaro Mutis, Eduardo Cote Lemus y Rogelio Echavarría; también acogió a escritores de la costa caribeña que, sin ser oficialmente integrantes del grupo, estaban presentes ideológicamente en la búsqueda de la libertad de expresión, como Gabriel García Márquez o Álvaro Cepeda Samudio. Esta pluralidad de opiniones y de puntos de vista tan disímiles en la revista no son para nada extraños ya que lo que buscaba esta era abrirse a todo lo que pudiese considerarse como cultura y movimiento; estaban “Ansiosos de incluir a Colombia en la contemporaneidad del mundo, aceptan todas las utopías, sin importar las procedencias; como el vagabundo Maqroll, están abiertos a los vientos de todos los mares culturales”[13].

Fue el 21 de julio de 1962 el trágico día en el que murió Jorge Gaitán Durán y con él, su revista Mito. Murió en su viaje de regreso de Europa en un avión en Point-a-Pitre. Pero aunque con Gaitán Durán murió la revista en un avión francés, sus influencias se mantuvieron vivas. El paso que había dado Mito para pervertir y desacralizar a la cultura colombiana no había quedado en vano: “Mito deja pues un terreno abonado para que las vanguardias, aunque extemporáneas en relación con la contemporaneidad del mundo, sigan desarrollándose en Colombia”[14]. Mito fue la revista encargada de darle fuerza a las generaciones venideras, fue la que generó la verdadera conciencia de ruptura con el pasado en la juventud intelectual del país.

En el apartamento de un adolescente que se hacía llamar X-504, reposaba la colección completa de la revista Mito. Y, semanalmente, un grupo de jóvenes se reunía allí para beberse y repetirse cada una de las ediciones de la revista; beberse y repetirse cada una de las botellas de aguardiente; y beberse y repetirse a cada una de las novias, amigas, primas y madres de cualquiera de sus compañeros. Eran los Nadaístas. Los predicadores de la nada. Su fundador, Gonzalo Arango, era un campesino de 27 años “tan insignificante que sólo le tomaron la primera foto cuando sacó la cédula a los 21”[15]. Este se dedicó a recoger adeptos por todo el país. Su meta era concientizar de su causa a los adolescentes y llevarlos a pararse en contra de su pasado. “el nadaísmo se fundó para pervertir a vuestros hijos. vamos a interrumpir vuestro sueño y a despertar en vuestras alcobas inquietantes y terribles gérmenes de zozobra. vuestros hijos regresarán una noche a pediros cuentas, ebrios y poseídos de una terrible cólera”[16]. Luego de predicar sus filosofías en las principales ciudades colombianas, Arango recogió a sus seguidores (una bandada de mequetrefes menores de edad) y se fue hacia Cali, desde donde manejaría su revolución.

Al comienzo, no eran más que cinco púberos liderados por un adulto con síndrome de Peter Pan pintando frases juveniles y revolucionarias en los muros. Pero poco a poco las voces jóvenes de Colombia comenzaron a untarse del nadaísmo, comenzaron a emanciparse de la sociedad que los oprimía, hasta que “al poco tiempo en cada pueblo de cada departamento hubo el nadaísta, como hubo el bobo del pueblo, el marica y el comunista. Que tenían como único sitio de confluencia la peluquería”[17]. El nadaísmo creció por toda la montañosa superficie del país: en cada rincón había algún filósofo de la nada.

La elección de Cali para ser la capital de su movimiento se debe a los mismos motivos que llevaron a la mayoría de las vanguardias europeas a escoger a París como su propia sede: era el lugar donde se reunía toda la materia indispensable para generar una vanguardia. Claro que Cali no tenía ni las tertulias, ni la cultura, ni el arte, ni los intelectuales que tenía París, pero el nadaísmo no necesitaba nada de eso: para Arango las tertulias, la cultura, el arte y los intelectuales no eran necesarios; el nadaísmo sólo necesitaba tetas, culos, 90-60-90, ojos verdes y sexo desaforado; y no había en el mundo una ciudad mejor que Cali para conseguir ese ambiente que buscaban los nadaístas. En 1958, Arango saca de su máquina de escribir el primer manifiesto nadaísta. Y con este en la mano se lanza por las calles de Colombia a anunciar el apocalipsis: “La misión es esta: No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio”[18].

La “filosofía” nadaísta se creó como una congregación de las manifestaciones artísticas y filosóficas más influyentes del siglo XIX y XX. Se acercó a todo lo que esbozara antisocialismo (palabra un poco ambigua: no contra el movimiento político, sino contra la sociedad), irreverencia, nihilismo, iconoclasia, revolución y existencialismo. Por un lado, se ve muy influenciada por Baudelaire y los poetas malditos. No tanto en su poesía, ni en la simbología de sus imágenes, sino más bien en su actitud de exiliados de la sociedad; en la imagen del poeta como un ser solitario que tiene como única labor en el mundo gritar el horror de la nada en la que vive. La sensación de levantarse una mañana convertido en un horrible insecto al que le escupen en el pan y en el vino sólo por ser quien es.

Esta falta de sentido que los lleva a la soledad y al nihilismo absoluto, se debe en gran parte a un hecho preciso de la historia política colombiana: Arango afirma que fue la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, la causa directa que llevó a la creación o desmembración, de toda su filosofía de vida. “si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca habría existido en Colombia”[19]. La muerte de este candidato presidencial se llevó todas las posibilidades de renovación en el país. Él era el único que hubiese podido cambiar el rumbo desastroso que estaba llevando a la sociedad colombiana al hueco de la corrupción, de la guerra y la pobreza. Sin él no había nada por hacer: “Por eso erramos sin destino por el desierto de Colombia, oscilando entre la indiferencia y la nada: porque no hay ninguna fuerza viva que nos apasione, que seduzca nuestro espíritu a la acción militante, y nos libre de esta inercia oprimente que se parece a la muerte del alma”[20]. No había nada por hacer; la destrucción dejada por las dos guerras mundiales y la muerte de éste héroe nacional llevaban a los amantes de la vida a no creer en nada.

Así se sentía el nadaísta. Estaba solo porque la sociedad en la que vivía había tomado un rumbo contrario al propio. Y no le quedaba nada por hacer. La corriente era demasiado fuerte para poder frenarla. Lo único que quedaba, era dedicar la vida a burlarse de ese mundo que se burlaba de él; corromper a los hijos de esa sociedad que le oprimía la posibilidad de tener una existencia libre y plena. Su actitud ante todo lo que era considerado bueno y respetable, fue una simplemente destructiva. Tomaron de los futuristas la pasión por la violencia y por la bofetada: si ya no había posibilidad de vivir en un mundo pacífico y libre, pues entonces que llegaran las bombas y los carro-tanques para destruirlo todo; ellos por su parte se encargarían de pregonar el fin, de alabar la nada: “El mundo había quedado mal hecho, no cabía duda, y nos propusimos acabárnoslo de tirar”[21]. Era un grito de resignación hacia ese mundo que ya no quería a sus hijos; la resignación de tener que existir en una sociedad que se había olvidado de vivir.

Agarraron todo lo que había formado la sociedad, lo examinaron, lo revisaron y dedicaron sus palabras, sus piedras y sus puños a desmoronar lo que no estuviese orientado hacia la revolución y hacia la transformación de los valores del hombre. El mundo había perdido su norte y el nadaísmo no buscaba reorientarlo, ya que esto era una labor imposible: su meta era simplemente desacreditarlo; ponerlo todo patas arriba. Jotamario Arbeláez describe cuál era su trabajo en el movimiento:

“Saboteamos con azafétida —si la palabra era impotente— los simposios de sabelotodos, profanábamos como sacrílegos consagrados las hostias sosas en las catedrales metropolitanas por desafiar a Dios y el peligro de miles de fanáticos sueltos, amenazamos a los alcaldes con dinamitar monumentos que homenajeaban el mal gusto y el mal polvo […], nos cagábamos literalmente en los floreros de nuestros anfitriones […]. Pero siempre el papel escrito con humor negro y corrosivo era nuestro pase al infierno de las delicias de la sociedad corrompida”[22].

Lo tomaron como un trabajo de tiempo completo. Noche y día se burlaban de la humanidad entera; noche y día trabajaban en meterse a todo congreso, tertulia, o reunión para sabotearlas; noche y día luchaban por introducir la discordia en las oficinas de los empresarios; noche y día sufrían por tener que introducir sus cuerpos en las camas y en las mujeres de los empresarios. No era un trabajo fácil, pero alguien tenía que cumplir la labor de vivir borracho y drogado tirándole piedras a las instituciones sociales mientras gozaba de los pequeños placeres de la vida.

Y esa era la filosofía nadaísta: la exaltación de una vida epicúrea, entre Baco y los psicotrópicos, disfrutando de cada segundo de la existencia humana. No había sentido en mirar hacia un futuro que no tenía posibilidades de mejorar; no había razón para usar la razón. El mundo no iba a ninguna parte, la vida sólo llevaba a la muerte, y ésta no llevaba a ninguna parte, entonces no había por qué pensar en ella. En realidad, no había por qué  pensar en nada; el hombre existe porque existe y ya; no hay necesidad de saberlo y reflexionarlo para serlo; Descartes podía irse al noveno círculo del infierno con sus filosofías babosas; pensar no permite vivir porque obliga a pensar; la vida es vida y nada más y el hombre es solamente hombre en una tierra que no es nada más que tierra.

Y así era como debía vivir el hombre: viviendo y nada más. El Súper-hombre nadaísta era ese que existía sin tener que darle vueltas a la trascendencia de las cosas; sin pensar en nada que estuviese fuera de la vida tangible; Platón podía acompañar a Descartes en el fondo del hueco; la Iglesia debía ser abolida por profetizar una vida abrigada por la culpa, el pecado y el dolor, prometiendo una trascendencia muy agradable después de la muerte. Pero “no somos culpables. no tenemos remordimientos. nuestros padres gozaron al fabricarnos. nosotros estamos contentos de vivir. el mundo es bello. sabemos que vamos a morir, pero no nos creen más complejos de trascendencia. honramos con orgullo la existencia y su límite. […] no hagan de la vida y la muerte una desgracia. todo es simple como el huracán y la guerra”[23].

El nadaísta fue un hombre que amaba la vida sobre todas las cosas, y por amarla tanto, y al verla convertida en un antropófago sin rumbo y sin consciencia, decidió tomar su camino hacia la nada. El nihilismo era la única salida a ese sufrimiento. El problema era muy grande y la solución utópica. Sólo quedaba vivir. Sólo vivir. Sin preocuparse por el mañana ni por el ayer. Sin preocuparse por el dinero ni por la comida. Sin preocuparse por pensar en los problemas ya que no tenían respuesta. Sin preocuparse por pensar. Sólo existir.

Medio siglo de intentos fracasados de vanguardia que no llevaron a nada; medio siglo de palabras innecesarias que no decían nada; medio siglo intentando cambiar la ética y la estética de un país sin lograr nada; medio siglo de revistas que no decían nada innovador; medio siglo sin hacer nada por solucionar el problema de la educación moral; medio siglo manejados por un gobierno que no ayudaba en nada a la población civil; medio siglo en el cual el pueblo no luchaba ni por su liberación, ni por la revolución, ni por nada; medio siglo de Nada social y moral; de Nada cultural y política; de Nada inteligente o digno de ser resaltado; de Nada de nada, de nada, de nada llevó al pueblo a arraigarse a lo único que había logrado generar el país en esos primeros cincuenta años del siglo XX: la Nada y en consecuencia el nadaísmo.

 

Noviembre 2007.


[1] BARRERA, Trinidad, “Las Vanguardias Hispanoamericanas”, Ed. Síntesis, Madrid, p.75.

[2] ROMERO, Armando, “Ausencia y presencia de las vanguardias en Colombia”, Revista Iberoamericana #118/119, 1982.

[3]GREIFF, León de, Obras Completas, Editorial Aguirre, Medellín, 1960, p.18. En éste poema se puede ver la ruptura parcial con las formas antiguas, y la innovación en el contenido, pero si se mira más de cerca, se encuentra con que la estructura de las estrofas (4-4-3-3) y la rima que utiliza son típicas del soneto clásico.

[4] GREIFF, León de, Obras Completas, Editorial Aguirre, Medellín, 1960, pp.29-30

[5] VIDALES, Luis, “Cómo nos hicimos comunistas”, Semanario “Sábado” del 10 de Noviembre de 1945, Bogotá.

[6] LOAIZA CANO, Gilberto, “Los Arquilókidas”, Revista Universidad de Antioquia, Medellín, 1995.

[7]Carta de los Arquilókidas”, periódico “La República” del 4 de Junio de 1922, Bogotá.

[8]Los Arquilókidas a la Academia”, periódico “La República” del 26 de Junio de 1922, Bogotá.

[9] TEJADA, Luis, Artículo sin nombre, periódico “El Espectador”, Agosto de 1922, Bogotá.

[10] ANÓNIMO, “Editorial de “Los Nuevos”. Revista “Los Nuevos” No.1. Bogotá, 6 de Junio de 1925. Recogido por: OSORIO, Nelson, “Manifiestos, proclamas y polémicas de la vanguardia literaria hispanoamericana”. Ed. Ayacucho, Caracas.

[11] Recogido por: ESPEJO CALA, Carmen, “Hispanismo en la vanguardia colombiana”. “Actas XXIX Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Tomo II (vol 2)”.Universitat de Barcelona, PPU. Barcelona, 1994, pag. 634.

[12] Arbelaez, Jotamario, “Mito y el nadaísmo”, Periódico “El País”, Noviembre 29 de 2005, Bogotá.

[13] ORTEGA GONZALES- RUBIO, Mar Estela, “El grupo “Mito” y las vanguardias en Colombia”. www.ucm.es/info/especulo/numero28/mitocol.html

[14] ORTEGA GONZALES- RUBIO, Mar Estela, “El grupo “Mito” y las vanguardias en Colombia”. www.ucm.es/info/especulo/numero28/mitocol.html

[15] JOTAMARIO, “Mito y el Nadaísmo”, Periódico El País, Noviembre 29 de 2005, Bogotá.

[16] ARANGO, Gonzalo, “Obra Negra”, Cuadernos Latinoamericanos, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, p.15.

[17] JOTAMARIO, “Mito y el Nadaísmo”, Periódico El País, Noviembre 29 de 2005, Bogotá.

[18] ARANGO, Gonzalo, “Obra Negra”, Cuadernos Latinoamericanos, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, p.19.

[19] ARANGO, Gonzalo, “Obra Negra”, Cuadernos Latinoamericanos, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, p 61.

[20] ARANGO, Gonzalo, “Obra Negra”, Cuadernos Latinoamericanos, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, p.62.

[21] ARBELAEZ, Jotamario, “La pasión y la Máquina de Escribir en el Nadaísmo”. Recogido en “Gonzalo Arango- Pensamiento Vivo” Ed. Industrias Única Ltda. Medellín, 2000.

[22] ARBELAEZ, Jotamario, “La pasión y la Máquina de Escribir en el Nadaísmo”. Recogido en “Gonzalo Arango- Pensamiento Vivo” Ed. Industrias Única Ltda. Medellín, 2000.

[23] ARANGO, Gonzalo, “Obra Negra”, Cuadernos Latinoamericanos, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1974, p.26.

2 thoughts on “Colombia: de la nada al Nadaísmo

  1. Hola Nicolas, Despues de semanas de leer acerca de la literatura en los 20s en Colombia, al fin me encuentro con algo coherente que se atreve a plantear, en vez de rezongar de la peste de tradicion colombiana (la modernidad sin modernidad) de la literatura del siglo XX. Felicitaciones!!!, me encanta. Me alegra leer a alguien con perspicacia pero a la vez con un excelente sentido del humor y pasion por escribir.

    Por que estoy leyendo de esto??? ya podras imaginar, que hago:soy candidata de PhD en literatura y me interesa Luis Vidales y mientras escarbaba entre W Benjamin, Unruh, David Jimenez (tan alambicado como un alejandrino de Caro, pero en pleno siglo XXI) y la porqueria de la historia de la poesia Colombiana de la Casa de poesia Silva (Cobo Borda Suckss), me encontre con lo tuyo. Llevo dias escupiendo veneno frente a la ciudad letrada colombiana y tu ensayo me da otro animo para seguir pensando por donde puedo hablar de Vidales (y su grosero olvido por parte de la critica Colombiana) sin caer en el odio letal al medioevo Colombiano. Asi que te doy las gracias.

    Desde Pittsburgh,
    Juliana

    • Juliana,

      Discúlpame por mi laaargo retraso en responderte, pero es que por primera vez me dio por revisar los comentarios.
      Me alegra mucho que este trabajito te haya dado los ánimos que buscabas y me honra mucho que me escribas para decírmelo.

      Espero que tu PhD esté por buen camino y ahora sé a quién buscar cuando tenga alguna duda sobre nuestro Luis Vidales.

      Los mejores deseos desde Barcelona,

      Nicolás

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